sábado, 25 de septiembre de 2010

LOS PEQUEÑITOS

Se me olvidó contar, y a Polidori también, que estamos embarazados de dos embriones, no sólo de uno. Entre emociones y disgustos no nos dimos cuenta de contar algo tan importante.
Esto cambia un poco las cosas, claro.
Por mi parte, reconozco las ventajas de tener dos bebés a la vez. Sobre todo cuando te resulta tan difícil tenerlos. Seguramente esta es la mayor ventaja de la que soy consciente. Sólo de pensar en otro tratamiento, o simplemente otra betaespera, me desorienta, me preocupa, me angustia, y me hace pensar realmente si la idea de un segundo embarazo es viable. Quizá ahora todo es demasiado reciente y, si pasa el tiempo, ya no lo veré así. Quizá. Otra ventaja clara es que creo que es muy bueno para un bebé crecer junto a otro bebé, saberse parte de un todo principal, uno más, un igual, un compañero, un hermano. Los hijos únicos crecen sabiéndose los reyes de la casa, de la familia, del mundo que les rodea y, por lo que he podido observar, a muchos eso les convierte en pequeños tiranos, especialistas en el chantaje emocional.
La verdad es que estoy deseando verles juntos en la cuna, dándose patadas o haciéndose caricias.
A menudo me pregunto cómo se organizarán el espacio dentro de mi útero. Tampoco hay tanto, tienen que repartírselo, llegar a un acuerdo. Son bebés que desde su primera existencia aprenden a pactar.
Debe de haber alguna otra ventaja, pero todavía no la vislumbro. Todavía.
Hay inconvenientes. Nos dan un poco de miedo los inconvenientes. Yo, por ejemplo, pienso que no podré estar al cien por cien con ellos, que cada uno de ellos sólo tendrá de mí el cincuenta por cien; quizá con un solo bebé te vuelcas del todo, mis bebés me tendrán siempre repartida, me tendrán que compartir desde el principio, y a su padre igual. Es algo que tengo claro que quiero aprender a hacer, concienciarme de que el tiempo que le dedique a uno tiene que ser exclusivo, no podré estar pensando en el otro y viceversa. ¿Lo conseguiré?
Pensamos en los llantos multiplicados por dos, el hambre multiplicada por dos, la fiebre multiplicada por dos, la ropa multiplicada por dos, los primeros dientes multiplicados por dos, las otitis multiplicadas por dos... y así con todo. Bueno, me digo que serán tan maravillosos que pedirán turno para llorar, no pasarán enfermedades y pedirán la teta por favor.
Y me río, claro.
Nos reímos los dos, y decimos "madre mía, madre mía, madre mía...". Es inevitable pensar en el futuro con una mezcla de asombro, ternura, miedo y amor.
Bueno, ahora son aún los Pequeñitos y estamos deseando que llegue el lunes 27 para la eco de las doce semanas. Después de tanta pérdida, no estaremos tranquilos hasta que los veamos.
Una no sabe lo que pasa ahí dentro. Y soy consciente de cómo es su fortaleza: frágil.
Exactamente como la nuestra.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

PÉRDIDAS

Existen distintos tipos de pérdidas. Hay pérdidas de seres queridos; pérdidas de dinero; pérdidas de razón; pérdidas de orina; pérdidas de memoria... Y estas pérdidas, las del embarazo.
No sólo se pierde sangre, pierdes ánimo.
Cuando más ánimo necesitas, sientes que se te va con cada nueva pérdida.
Pierdes seguridad, inocencia, la certeza de que todo va a ir bien. Es como una inyección (un pinchazo más) cargada de miedo. El sábado 4 nos inyectaron ese miedo y desde entonces es como un virus corriendo por nuestras venas. A veces permanece inactivo y la inconsciencia puede más, la risa o el sentido del humor (que incluso ahora, o sobre todo ahora, tenemos) son buenas armas contra ese miedo, pero prevalece la idea de que el miedo es un dios poderoso que no deja de decirte que acabará pasando lo que tenga que pasar, desees lo que desees y con la intensidad que lo desees.
¿Por qué tantas dificultades? ¿Tanto sufrir?
Parece que me esté pasando factura todas las veces que dije este verano, antes del día 4, "me niego a vivir el embarazo con miedo, yo mejor que nadie sé que puede pasar cualquier cosa, pero mientras no ocurra, todo está bien y yo feliz". La gente me decía: prudencia. Y yo contestaba: "¿prudencia? Y una mierda, esta ilusión la voy a vivir al máximo, sin frenos".
Cuántas veces he recordado lo que decía.
¿Por qué este precio?
Los médicos tampoco ayudan mucho. No saben por qué ocurre. Ninguno te dice: no te preocupes, no va a pasar nada. Lo entiendo, claro, no es ése su trabajo. Pero no dejan de trabajar con una asepsia y una indiferencia casi dolorosas. Hacen que te plantees que realmente no pasa nada en unos términos curiosos: aunque a ti se te muera el feto dentro la raza humana no depende de tu útero. Sí, en cierto modo es tranquilizador.
Tengo controlado el hipotiroidismo, bien. La tensión baja, bien. El peso ideal, bien. Nada de hematomas internos, bien. Tamaño de los fetos (no sé si dijimos que son dos), bien. Latido, bien.
En las distintas ecos que me han hecho, "todo está bien", me dicen. Pero entonces... ¿por qué sangro?
E inmediatamente me acuerdo de una viñeta de El Roto, en la que un soldado en mitad de la batalla le dice a su superior: "¿Esto es como un videojuego, verdad, sargento?", "¡Claro!", le contesta el otro. A lo que el soldado contesta:

- Y entonces, ¿por qué sangro?

lunes, 6 de septiembre de 2010

Miedo

Las semanas avanzan. Ya son nueve, o diez, dependiendo de las cuentas. Estamos pletóricamente contentos, contando los días del calendario con dibujitos de dos sonrientes embriones. Ya hemos visto tres ecografías con un latido nítido y precioso, y sabemos que tenemos ya un par de renacuajos de casi tres centímetros. Esto es poco en una mano; apenas el tamaño de un anacardo, pero son dos pequeños seres nacidos del fruto de la unión de nuestras células. Es mágico.

Pero este sábado hemos tenido un buen susto: un sangrado, y abundante. Eso significa la visita "urgente" a urgencias, en este caso con nocturnidad y alevosía. Pero todo estaba bien, todo continúa bien. Los corazones de ambos latían con mucha fuerza, y todo quedó en un susto, pero menudo susto.

No podemos evitar leer información por todos los lados; en internet, en los libros... Cada una de las aseveraciones se contradice con otra, y en todas hay suficientes motivos para tranquilizarse y para temerse lo peor. Es demasiado terrible pensar en que todo puede acabar antes incluso de haber empezado. Es inevitable darle vueltas a los famosos tres primeros meses. Uno debe ser cauto, por si acaso; uno no debe parecer demasiado optimista, por si acaso; pero, ¿acaso esto puede hacerse con calma, con serenidad? Ahora que el hecho es que dos pequeños seres crecen (y muy rápido) en el útero de Inness y que nosotros no podemos más que esperar a que sigan adelante, a que "salgan de peligro", es constante la sensación de impotencia. Todo lo que se ha luchado, todas las expectativas, todas las lágrimas (de dolor y de alegría) ¿podrían irse al traste?

A uno le entran ganas de empezar a gritar de dolor por el sentido tan dramático del humor que tiene la Madre Naturaleza. Pero nos agarramos a la esperanza. Eso es lo primero, y eso es lo último. Queremos ya como parte de nosotros mismos a esos dos pequeños proyectos de ser humano. Discutimos sus futuros nombres, hacemos bromas con cómo va a ser su personalidad, cómo van a reaccionar a nuestras excentricidades y juegos de la "edad madura". Fantaseamos con si serán biólogos, filólogos o estrellas del baloncesto. Y aún la barriga de Inness sigue plana...

Esperanza. Dulce esperanza. A ti nos agarramos, a ti nos encomendamos. Somos felices, y queremos serlo aún más. Mientras la espera nos tortura, pero podremos con ella. Lucharemos a brazo partido. Por el mañana. Por su mañana.