Acabo (he sido yo quien se ha atrevido) de llamar a la Unidad de Reproducción Asistida para preguntar si alguno de los embriones que teníamos han evolucionado bien y se han podido congelar. Y, atenazado por los nervios, he escuchado la confirmación de que tres de ellos han podido ser congelados.
Es una alegría enorme, pero una alegría extraña. Nuestros adn se han unido, y ahora mismo existen ("son", algo por fin "es" desde que empezó todo esto) tres pequeños grupos de células con nuestra carga genética congelados y dispuestos para ser despertados en el futuro. ¿Serán necesarios para nosotros, servirán de ayuda para otras parejas en caso de que nuestra aventura presente tenga éxito? El lunes día 2 de agosto nos confirman si los dos óptimos que ya han sido transferidos han decidido quedarse con nosotros. Y la espera es eterna, tensa e impaciente.
Nadie dijo que iba a ser fácil, pero hoy todo parece algo más sencillo. Esta curva del camino permite disfrutar un poco del paisaje. Para hoy poco más puedo pedir.
miércoles, 28 de julio de 2010
lunes, 26 de julio de 2010
Por el principio
Antes, mucho antes de que esto empezara, la pregunta no era si querías ser padre, sino si realmente podrías estar preparado para ello. Supongo que es la pregunta ancestral que todos los varones de homo sapiens se han hecho desde que el mundo es mundo. Lo cierto es que, ahora que estamos inmersos en todo este largo y proceloso proceso (y perdón por la cacofonía), todo parece tan simple y tan difícil que sabe a examen diario de necesidad e intención de ser padres.
Al fin y al cabo, serlo (ni que decir tiene ser madre) a través de una FIV es atravesar un embarazo que dura muchos más meses que un embarazo normal. Todo es más meditado, más vívido e intenso, y más exigente. Si una pareja se queda embarazada per natura ya está, todo es sencillo o complicado, pero "es". Sin embargo, en una FIV la lucha es por "ser", en concreto por empezar a ser (de una puñetera vez, diría yo), y cada pinchazo, cada intervención médica, cada pastilla, supositorio vaginal o enema tiene un solo objetivo: que un embrión prenda en el útero y dé de sí nada menos que una (o varias) vidas humanas; ahí es nada.
Decidimos dar este paso casi sin querer, cuando recogíamos las pruebas de nuestra capacidad para ser individuos procreadores, y sabíamos que en ninguno de los casos iba a ser fácil; pero claro, nadie nos dijo que pudiera llegar a ser tan difícil. Para Ginnebra lo es por lógicas y aplastantes razones, pero... ¿y para mí?
Desde un principio la sensación de "tara" es demasiado latente como para no tenerla en cuenta, máxime cuando, además, tan sólo se exige de nuestra parte una mínima abstinencia, un poco de cuidarse y una placentera (breve, aseguro) salida de ducha antes de la temida punción. Es algo, creedme, duro de asimilar, que intentas compensar con apoyo, fuerza, cariño y estar, en toda su magnitud, en cada uno de los momentos, intentando que sea el humor, tan necesario, el que nos salve de las situaciones más difíciles.
Esto es el principio, y ya sabemos cuál es la meta. El camino, con sus vueltas y revueltas, sembrado de amor, ternura, esperanza, ansiedad y deseo, es el que caminamos juntos; y eso, a la postre, es lo único que importa.
Al fin y al cabo, serlo (ni que decir tiene ser madre) a través de una FIV es atravesar un embarazo que dura muchos más meses que un embarazo normal. Todo es más meditado, más vívido e intenso, y más exigente. Si una pareja se queda embarazada per natura ya está, todo es sencillo o complicado, pero "es". Sin embargo, en una FIV la lucha es por "ser", en concreto por empezar a ser (de una puñetera vez, diría yo), y cada pinchazo, cada intervención médica, cada pastilla, supositorio vaginal o enema tiene un solo objetivo: que un embrión prenda en el útero y dé de sí nada menos que una (o varias) vidas humanas; ahí es nada.
Decidimos dar este paso casi sin querer, cuando recogíamos las pruebas de nuestra capacidad para ser individuos procreadores, y sabíamos que en ninguno de los casos iba a ser fácil; pero claro, nadie nos dijo que pudiera llegar a ser tan difícil. Para Ginnebra lo es por lógicas y aplastantes razones, pero... ¿y para mí?
Desde un principio la sensación de "tara" es demasiado latente como para no tenerla en cuenta, máxime cuando, además, tan sólo se exige de nuestra parte una mínima abstinencia, un poco de cuidarse y una placentera (breve, aseguro) salida de ducha antes de la temida punción. Es algo, creedme, duro de asimilar, que intentas compensar con apoyo, fuerza, cariño y estar, en toda su magnitud, en cada uno de los momentos, intentando que sea el humor, tan necesario, el que nos salve de las situaciones más difíciles.
Esto es el principio, y ya sabemos cuál es la meta. El camino, con sus vueltas y revueltas, sembrado de amor, ternura, esperanza, ansiedad y deseo, es el que caminamos juntos; y eso, a la postre, es lo único que importa.
domingo, 25 de julio de 2010
CUMPLIDA UNA SEMANA
Hoy hace una semana que los embrioncillos están conmigo, con nosotros. Las dudas son muchas, pero prefiero pensar que están ahí porque no tengo motivos para lo contrario.
No son dudas. Es miedo. Es puro miedo de que, otra vez, sea negativo. Pero no lo será. Esta vez no.
Sé que tengo miedo porque en breve podría hacerme un test de embarazo casero y ni se me ocurre. No lo hice la otra vez y sería incapaz de hacerlo ahora. Lo hacen muchas mujeres. Antes de la beta, se hacen el test en casa.
La sola idea de imaginarme esa tira de nuevo, mojada de orina, esperando, mirando, mirándome... me aterra. Aunque me lo pusieran delante, no lo haría. No soy capaz de volver a pasar por esos minutos otra vez en el cuarto de baño, y volver a ver una única rayita rosa: negativo.
Eso sí, cuando por teléfono me digan que es positivo... Lo primero que voy a hacer es correr a la farmacia a comprarme un test, o dos, o cinco, y hacerlo. Estoy deseando desquitarme. Estoy deseando decirle a ese cacharrito que SÍ, ja, sí. Bueno, mejor que me lo diga él a mí. Entonces sí que tendrá que decírmelo, entonces sí tendrá que salir la segunda raya. La segunda dichosa raya. Me lo dirá todas las veces que yo quiera: me lo debe.
Hoy no he tenido dolor. Sólo alguna molestia difusa, inespecífica en el estómago. Y un pequeño mareo, pero vete tú a saber de qué... ¿el calor, el descanso, el sopor del verano, el sol...?
Estoy contenta, porque esta noche llega Polidori.
No son dudas. Es miedo. Es puro miedo de que, otra vez, sea negativo. Pero no lo será. Esta vez no.
Sé que tengo miedo porque en breve podría hacerme un test de embarazo casero y ni se me ocurre. No lo hice la otra vez y sería incapaz de hacerlo ahora. Lo hacen muchas mujeres. Antes de la beta, se hacen el test en casa.
La sola idea de imaginarme esa tira de nuevo, mojada de orina, esperando, mirando, mirándome... me aterra. Aunque me lo pusieran delante, no lo haría. No soy capaz de volver a pasar por esos minutos otra vez en el cuarto de baño, y volver a ver una única rayita rosa: negativo.
Eso sí, cuando por teléfono me digan que es positivo... Lo primero que voy a hacer es correr a la farmacia a comprarme un test, o dos, o cinco, y hacerlo. Estoy deseando desquitarme. Estoy deseando decirle a ese cacharrito que SÍ, ja, sí. Bueno, mejor que me lo diga él a mí. Entonces sí que tendrá que decírmelo, entonces sí tendrá que salir la segunda raya. La segunda dichosa raya. Me lo dirá todas las veces que yo quiera: me lo debe.
Hoy no he tenido dolor. Sólo alguna molestia difusa, inespecífica en el estómago. Y un pequeño mareo, pero vete tú a saber de qué... ¿el calor, el descanso, el sopor del verano, el sol...?
Estoy contenta, porque esta noche llega Polidori.
sábado, 24 de julio de 2010
UN DÍA MÁS
Ha pasado otro día. Un día menos para el resultado de la beta.
Este fin de semana me he quedado sola porque Polidori se ha ido a Huelva al bautizo de su sobrino. Todo estaba planeado para que fuéramos juntos, pero al final no ha podido ser y decidimos que sería mejor quedarme en casa para descansar y, sobre todo, evitar esfuerzos. Los viajes, ya se sabe, siempre lo son. Polidori acaba de enviarme desde el iPhone una foto de la playa. Al verla he sonreído porque ha tenido el detalle de hacer la foto sólo de la arena, evitando el agua, apenas se ve algo de la orilla...
No sé si sabréis que en todo este proceso, entre otras muchas cosas, te prohíben bañarte. No te puedes bañar en la bañera, ni en la piscina ni en el mar ni en ningún sitio.
En la primera FIV, cuando el médico me lo recordaba, yo levantaba los hombros en señal de indiferencia. Era invierno.
Ahora, lo estoy pasando por ese motivo francamente mal. El largo y cálido verano de Madrid se cierne sobre nosotros y yo adoro estar metida en el agua en estas fechas. Sí, sé que hay sacrificios peores y por peores cosas, soy consciente de ello, pero eso no significa que este camino esté lleno de pequeñas piedras que, por sí solas no dañan, pero una tras otra y todo el rato, sí, y mucho. No hago más que pensar que el esfuerzo valdrá la pena. Ojalá.
Los síntomas hasta hoy siguen siendo los mismos: dolor de ovarios como si fuera a venirme la regla. Desde el mismo día de la transferencia. Cada vez que siento ese dolor se me viene el mundo encima, a pesar de saber que no significa nada: puede ser síntoma de un positivo o de un negativo. Pero es exactamente el mismo, idéntico dolor de los días previos a la regla y yo no sé identificarlo con otra cosa que no sea eso: sangre.
Cada vez que me duele, tengo que pensar en positivo y decirme que no es más que mi útero metiendo codos a los ovarios para ponerse cómodo, pues ahora vamos a ser tres en uno.
viernes, 23 de julio de 2010
¿Y POR QUÉ NO?
El camino para tener un hijo puede ser fácil, imprevisto, o difícil.
A nosotros nos ha tocado el difícil.
En agosto de 2008, en algún momento de una de las tardes a la sombra de la siesta, se nos pasó por la cabeza a la vez, la imagen de un bebé. No dijimos nada, pero nos miramos y, entonces sí, a la vez nos preguntamos: "¿Y por qué no?".
Había llegado el momento. Por primera vez no nos molestaba la idea de tener un hijo, simplemente lo aceptamos de forma natural, sin aspavientos, sin charlas, sin grandes alegrías, nada. Había llegado el momento y lo sabíamos y teníamos una nueva ilusión.
Me imaginé de madre. Lo imaginé de padre. Imaginé una hija. Me parecía bien. Nunca antes me había imaginado de madre, ni lo había imaginado de padre, ni había imaginado una hija. Las imágenes, de repente en mí como si siempre hubiesen estado ahí, pero dormidas, tenían cada vez más forma, más color, más luz y, sobre todo, más seguridad y paz. Me transmitían mucha paz, esa paz que uno siente cuando sabe por fin lo que tiene que hacer, sin dudas, sin preguntas, sin miedos, sin más.
Han pasado dos años de aquel momento, de aquella tarde que nunca olvidaré. Las imágenes, en lugar de cobrar intensidad, se han desdibujado, han ido perdiendo tono y forma, se han alejado de mi visión como si condujera un coche en dirección contraria a donde quiero ir. Poco a poco, mes tras mes, la realidad y seguridad aplastante que me inspiraba mi propio sueño se ha cubierto de incertidumbre, de miedo, de inseguridad, de rabia, de dolor.
No voy a narrar los pormenores de estos 24 meses. Lo muchísimo que nos ha costado aceptar que estamos dentro de lo que se llama "parejas estériles", la tristeza de ver un negativo tras otro y otro y otro, la recuperación y pérdida CONSTANTE, casi diaria, de la ilusión; el desgaste físico y psicológico...
Estamos muy unidos. Siempre lo hemos estado. No me atrevo a decir que ahora más, porque antes de todo esto lo estábamos ya como nunca. Quizá ahora nos conocemos mejor. Nos sabemos débiles y vulnerables ante las dificultades que todos tenemos que superar en la vida.
Después de un largo, largo, largo camino estamos en la segunda FIV. El 26 de marzo de este año nos dieron el negativo.
No voy a hablar de aquello. Ya es pasado. Pero puedo asegurar que lo vivimos como un aborto. Para nosotros esas células con nuestro ADN eran nuestras moritas, un logro tan ansiado que las amábamos tanto como se ama a un hijo. Hicimos de tripa corazón. Nos hicimos los fuertes. Sonreímos. Pero estábamos de luto.
No pudimos congelar embriones.
Nuestra segunda FIV empezó el 4 de julio. Es el día que empecé por segunda vez a inyectarme hormonas. En este ciclo he tenido que pincharme hasta tres veces seguidas cada día. Esto es un tema aparte que merece otra entrada.
Después de todo, de los pinchazos, de la espera de la llamada de la bióloga, de la transferencia... Estamos a día 5 postransfer. Alojaron en mi útero dos embrioncillos de calidad óptima.
Ojalá sigan en mí, en nosotros, y el día 2 de agosto, por fin, quién sabe, me den el positivo.
Si me lo dan, cuando sea mayor le contaremos (les contaremos) que empezaron a gestarse en una carpeta amarilla, entre informes y analíticas y recetas y justificantes de asistencia, en la antesala de la consulta nº 4.
Seguiré contando. Seguiremos contando.
A nosotros nos ha tocado el difícil.
En agosto de 2008, en algún momento de una de las tardes a la sombra de la siesta, se nos pasó por la cabeza a la vez, la imagen de un bebé. No dijimos nada, pero nos miramos y, entonces sí, a la vez nos preguntamos: "¿Y por qué no?".
Había llegado el momento. Por primera vez no nos molestaba la idea de tener un hijo, simplemente lo aceptamos de forma natural, sin aspavientos, sin charlas, sin grandes alegrías, nada. Había llegado el momento y lo sabíamos y teníamos una nueva ilusión.
Me imaginé de madre. Lo imaginé de padre. Imaginé una hija. Me parecía bien. Nunca antes me había imaginado de madre, ni lo había imaginado de padre, ni había imaginado una hija. Las imágenes, de repente en mí como si siempre hubiesen estado ahí, pero dormidas, tenían cada vez más forma, más color, más luz y, sobre todo, más seguridad y paz. Me transmitían mucha paz, esa paz que uno siente cuando sabe por fin lo que tiene que hacer, sin dudas, sin preguntas, sin miedos, sin más.
Han pasado dos años de aquel momento, de aquella tarde que nunca olvidaré. Las imágenes, en lugar de cobrar intensidad, se han desdibujado, han ido perdiendo tono y forma, se han alejado de mi visión como si condujera un coche en dirección contraria a donde quiero ir. Poco a poco, mes tras mes, la realidad y seguridad aplastante que me inspiraba mi propio sueño se ha cubierto de incertidumbre, de miedo, de inseguridad, de rabia, de dolor.
No voy a narrar los pormenores de estos 24 meses. Lo muchísimo que nos ha costado aceptar que estamos dentro de lo que se llama "parejas estériles", la tristeza de ver un negativo tras otro y otro y otro, la recuperación y pérdida CONSTANTE, casi diaria, de la ilusión; el desgaste físico y psicológico...
Estamos muy unidos. Siempre lo hemos estado. No me atrevo a decir que ahora más, porque antes de todo esto lo estábamos ya como nunca. Quizá ahora nos conocemos mejor. Nos sabemos débiles y vulnerables ante las dificultades que todos tenemos que superar en la vida.
Después de un largo, largo, largo camino estamos en la segunda FIV. El 26 de marzo de este año nos dieron el negativo.
No voy a hablar de aquello. Ya es pasado. Pero puedo asegurar que lo vivimos como un aborto. Para nosotros esas células con nuestro ADN eran nuestras moritas, un logro tan ansiado que las amábamos tanto como se ama a un hijo. Hicimos de tripa corazón. Nos hicimos los fuertes. Sonreímos. Pero estábamos de luto.
No pudimos congelar embriones.
Nuestra segunda FIV empezó el 4 de julio. Es el día que empecé por segunda vez a inyectarme hormonas. En este ciclo he tenido que pincharme hasta tres veces seguidas cada día. Esto es un tema aparte que merece otra entrada.
Después de todo, de los pinchazos, de la espera de la llamada de la bióloga, de la transferencia... Estamos a día 5 postransfer. Alojaron en mi útero dos embrioncillos de calidad óptima.
Ojalá sigan en mí, en nosotros, y el día 2 de agosto, por fin, quién sabe, me den el positivo.
Si me lo dan, cuando sea mayor le contaremos (les contaremos) que empezaron a gestarse en una carpeta amarilla, entre informes y analíticas y recetas y justificantes de asistencia, en la antesala de la consulta nº 4.
Seguiré contando. Seguiremos contando.
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