jueves, 30 de diciembre de 2010
martes, 19 de octubre de 2010
El trimestre de la aceptación
Dicen que el segundo trimestre es el de la aceptación, y es muy probable que así sea. No en vano la barriga de Inness ha dejado de ser plana para tener, ya, una prominencia casi indisimulable (pero no suficiente como para que le dejen el asiento en el metro, todo hay que decirlo). Quizá esa presencia, que crece día a día, sea la que nos está diciendo, sin estridencias, lo en serio que va esto, y por eso no dejamos de sonreír y de chocar nuestras barrigas, ahora que son parecidas (ya se sabe, la curva de la felicidad, nunca mejor dicho).
Sin embargo, Inness ha vuelto al trabajo, y yo ando un poco preocupado. A fin de cuentas, el ginecólogo fue tajante cuando la hablamos del tema: por ahora su embarazo es como cualquier otro, y por ende debe hacer vida normal. Y nos dijo una frase iluminativa: "cuidado con lo que leéis", además de "disfrutad de la barriga". Todo parece indicar que debemos disfrutar, pues, de esta calma que viene antes de la tempestad que, irremediablemente, se desatará en un futuro; pero han sido demasiados sobresaltos como para ahora acostumbrarme, de golpe, a la ausencia de preocupaciones. Hago, esfuerzos, de hecho, no plenamente satisfactorios (sin ir más lejos, los fantasmas de las dudas y temores me hicieron revolverme en la cama buena parte de la noche siempre difícil del domingo al lunes).
Lo cierto es que la vida, con sus visitas médicas y vacunas varias, ha vuelto a una relativa normalidad en todos los sentidos (sí, en todos los sentidos, incluso los sentidos más placenteros), y no está nada mal que sea así. Quizá sí es cierto que hemos aceptado nuestra situación, y ya decimos sin rubor que "estamos embarazados", con todo lo que eso conlleva (y conlleva, a menudo, situaciones bastante surrealistas). Incluso ya vemos con otros ojos las tiendas que muestran ropas y enseres para niños, donde pasamos un buen rato mirando los artículos con una mezcla de ternura y pragmatismo; e incluso hemos empezado a mirar carros de paseo dobles, con el subsiguiente asombro por los desorbitados precios. En fin, lo habitual en estos casos.
Hasta el día 5 de noviembre no volveremos a verlos. La espera es larga, sí, pero queremos que sea tranquila. Queremos disfrutar, sí, y queremos sentir su presencia. Eso es, creo, lo que se llama "aceptación".
Sin embargo, Inness ha vuelto al trabajo, y yo ando un poco preocupado. A fin de cuentas, el ginecólogo fue tajante cuando la hablamos del tema: por ahora su embarazo es como cualquier otro, y por ende debe hacer vida normal. Y nos dijo una frase iluminativa: "cuidado con lo que leéis", además de "disfrutad de la barriga". Todo parece indicar que debemos disfrutar, pues, de esta calma que viene antes de la tempestad que, irremediablemente, se desatará en un futuro; pero han sido demasiados sobresaltos como para ahora acostumbrarme, de golpe, a la ausencia de preocupaciones. Hago, esfuerzos, de hecho, no plenamente satisfactorios (sin ir más lejos, los fantasmas de las dudas y temores me hicieron revolverme en la cama buena parte de la noche siempre difícil del domingo al lunes).
Lo cierto es que la vida, con sus visitas médicas y vacunas varias, ha vuelto a una relativa normalidad en todos los sentidos (sí, en todos los sentidos, incluso los sentidos más placenteros), y no está nada mal que sea así. Quizá sí es cierto que hemos aceptado nuestra situación, y ya decimos sin rubor que "estamos embarazados", con todo lo que eso conlleva (y conlleva, a menudo, situaciones bastante surrealistas). Incluso ya vemos con otros ojos las tiendas que muestran ropas y enseres para niños, donde pasamos un buen rato mirando los artículos con una mezcla de ternura y pragmatismo; e incluso hemos empezado a mirar carros de paseo dobles, con el subsiguiente asombro por los desorbitados precios. En fin, lo habitual en estos casos.
Hasta el día 5 de noviembre no volveremos a verlos. La espera es larga, sí, pero queremos que sea tranquila. Queremos disfrutar, sí, y queremos sentir su presencia. Eso es, creo, lo que se llama "aceptación".
jueves, 14 de octubre de 2010
EMPIEZAN A TOMARNOS EN SERIO
Cuando ya llevamos más de catorce semanas de embarazo, el ginécologo, en la visita del lunes 11, mientras me levantaba de la camilla (después de haber estado apenas diez segundos en ella) , me preguntó si me habían explicado algo sobre los embarazos gemelares.
Yo, mientras pensaba "Ah, así que hay que explicar algo, ya decía yo...", dije "Pues no, nada".
O sea, sabemos desde el día 18 de julio que crecen dentro de mí dos embriones, pero hasta casi tres meses después no se disponen a aceptarme en el equipo, a decirme "vale, ya te vamos a contar las reglas de juego, venga, puedes jugar, eres de los nuestros". Es así, te sientes así, como si hasta ese momento la cosa no fuera en serio, o como si sólo estuvieras jugando a estar embarazada y no que estuvieras embarazada de verdad. La verdad es que no tomas consciencia de hasta qué punto existe riesgo de aborto hasta que llegas al segundo trimestre. Y lo entiendes, pero a pesar de entender el porqué no comparto el cómo. Pero bueno, es uno de los muchos "cómo" que no comparto de la sanidad pública, o de la sanidad en general (porque mis incursiones en la privada -salvo excepciones- han acabado con asco directamente). Lo verdaderamente importante es, sin duda, otra meta que juntos, Polidori y yo y los Pequeñitos, hemos alcanzado.
La cita del otro día fue satisfactoria; yo por fin me sentí atendida desde que salimos de la Unidad de Reproducción asistida, porque el médico (otro distinto de la otra vez, como siempre) nos explicó cosas y nos dejó preguntar todo lo que quisimos, hizo incluso bromas, y comprobar que tenía sentido del humor (y por lo tanto inteligencia) y tiempo para aplicarlo fue muy gratificante. Lo único que nos dejó insatisfechos y un poco tristes es que me hizo una eco de poquísimos segundos, sólo para comprobar el latido. Qué pena no tener un ecógrafo en casa para verlos cada día; estaríamos horas observándolos, porque es algo maravilloso y extraño. Si fuese (o fuera) rica y excéntrica, ésa sería una de mis excentricidades, sin duda.
Hoy he ido a hacerme la curva corta del azúcar (test O´Sullivan). ¡No es para tanto! Como siempre, las historias de los demás para lo único que sirven en torno a ciertas experiencias es para distorsionar la realidad, no para mostrarla. Es una prueba que me hice de niña, pero ni me acordaba. Lo único que recuerdo vagamente es que al acabar la prueba y salir del hospital mi madre me compró un muñequito de goma muy simpático, un juguete, como solía hacer cuando pasaba un mal trago en los médicos. Debido al embarazo gemelar y a que mi hermano es diabético, me han mandado la prueba mucho antes de lo que es habitual. A las ocho y media de la mañana me han hecho el primer análisis. La enfermera me ha dicho que no podía ir al baño a hacer pis, yo he bromeado con que entonces me entrarían ganas, pero ella no me ha entendido y no ha cambiado el gesto, me ha dado el jarabe de glucosa y a las ocho y cuarenta ya me lo había bebido. He esperado una hora sentadita y sin moverme leyendo El camino de Delibes. A ratos paraba y observaba a la gente. Para no estar con el resto de embarazadas que tenían que hacer la prueba me he ido más lejos y he estado en neumología y enfermedades respiratorias. Los pacientes eran o muy mayores o muy obesos. Un panorama que no suelo ver últimamente en las consultas médicas y me he entretenido bastante. He echado de menos a Polidori. A las nueve y cuarenta me han hecho el segundo análisis y luego para casa en metro.
El metro. Ese sitio en el que se supone que los asientos están reservados también para embarazadas. Pues bien, será porque todo el mundo está ciego o es que hemos llegado ya a la más absoluta indiferencia, pero la barriga ya se me nota claramente y ahí nadie se levanta. Ya veremos más adelante, pero vamos, digo yo que la misma necesidad tengo yo de sentarme ahora que cuando esté de siete meses. Porque es una auténtica barbaridad lo que me cansa cualquier actividad física.
Tengo hora con la matrona (por fin) mañana por la mañana. Mi médico de cabecera puso en el volante que el embarazo había sido por FIV.
¿Todavía importa? Me pregunté yo.
Sí, va a importar toda la vida. Me respondí.
Yo, mientras pensaba "Ah, así que hay que explicar algo, ya decía yo...", dije "Pues no, nada".
O sea, sabemos desde el día 18 de julio que crecen dentro de mí dos embriones, pero hasta casi tres meses después no se disponen a aceptarme en el equipo, a decirme "vale, ya te vamos a contar las reglas de juego, venga, puedes jugar, eres de los nuestros". Es así, te sientes así, como si hasta ese momento la cosa no fuera en serio, o como si sólo estuvieras jugando a estar embarazada y no que estuvieras embarazada de verdad. La verdad es que no tomas consciencia de hasta qué punto existe riesgo de aborto hasta que llegas al segundo trimestre. Y lo entiendes, pero a pesar de entender el porqué no comparto el cómo. Pero bueno, es uno de los muchos "cómo" que no comparto de la sanidad pública, o de la sanidad en general (porque mis incursiones en la privada -salvo excepciones- han acabado con asco directamente). Lo verdaderamente importante es, sin duda, otra meta que juntos, Polidori y yo y los Pequeñitos, hemos alcanzado.
La cita del otro día fue satisfactoria; yo por fin me sentí atendida desde que salimos de la Unidad de Reproducción asistida, porque el médico (otro distinto de la otra vez, como siempre) nos explicó cosas y nos dejó preguntar todo lo que quisimos, hizo incluso bromas, y comprobar que tenía sentido del humor (y por lo tanto inteligencia) y tiempo para aplicarlo fue muy gratificante. Lo único que nos dejó insatisfechos y un poco tristes es que me hizo una eco de poquísimos segundos, sólo para comprobar el latido. Qué pena no tener un ecógrafo en casa para verlos cada día; estaríamos horas observándolos, porque es algo maravilloso y extraño. Si fuese (o fuera) rica y excéntrica, ésa sería una de mis excentricidades, sin duda.
Hoy he ido a hacerme la curva corta del azúcar (test O´Sullivan). ¡No es para tanto! Como siempre, las historias de los demás para lo único que sirven en torno a ciertas experiencias es para distorsionar la realidad, no para mostrarla. Es una prueba que me hice de niña, pero ni me acordaba. Lo único que recuerdo vagamente es que al acabar la prueba y salir del hospital mi madre me compró un muñequito de goma muy simpático, un juguete, como solía hacer cuando pasaba un mal trago en los médicos. Debido al embarazo gemelar y a que mi hermano es diabético, me han mandado la prueba mucho antes de lo que es habitual. A las ocho y media de la mañana me han hecho el primer análisis. La enfermera me ha dicho que no podía ir al baño a hacer pis, yo he bromeado con que entonces me entrarían ganas, pero ella no me ha entendido y no ha cambiado el gesto, me ha dado el jarabe de glucosa y a las ocho y cuarenta ya me lo había bebido. He esperado una hora sentadita y sin moverme leyendo El camino de Delibes. A ratos paraba y observaba a la gente. Para no estar con el resto de embarazadas que tenían que hacer la prueba me he ido más lejos y he estado en neumología y enfermedades respiratorias. Los pacientes eran o muy mayores o muy obesos. Un panorama que no suelo ver últimamente en las consultas médicas y me he entretenido bastante. He echado de menos a Polidori. A las nueve y cuarenta me han hecho el segundo análisis y luego para casa en metro.
El metro. Ese sitio en el que se supone que los asientos están reservados también para embarazadas. Pues bien, será porque todo el mundo está ciego o es que hemos llegado ya a la más absoluta indiferencia, pero la barriga ya se me nota claramente y ahí nadie se levanta. Ya veremos más adelante, pero vamos, digo yo que la misma necesidad tengo yo de sentarme ahora que cuando esté de siete meses. Porque es una auténtica barbaridad lo que me cansa cualquier actividad física.
Tengo hora con la matrona (por fin) mañana por la mañana. Mi médico de cabecera puso en el volante que el embarazo había sido por FIV.
¿Todavía importa? Me pregunté yo.
Sí, va a importar toda la vida. Me respondí.
martes, 5 de octubre de 2010
Robert Edwards, el "papá" de la FIV, Premio Nobel
Estos dos señores con aspecto serio, pero satisfecho, son Patrick Steptoe y Robert G. Edwards, de la Universidad de Cambridge, quienes consiguieron, en 1976, sacar adelante la que se conoce (aunque no fue la única, pues otro bebé permaneció en el anonimato) como "primera niña probeta", Louise Brown, una pizpireta y rolliza joven que hace poco ha tenido una niña de forma natural. El segundo de ellos acaba de ser galardonado con el Premio Nobel de medicina, por sus investigaciones en la Fecundación in Vitro y por su perseverancia, gracias a la cual, y a dos décadas de intensos trabajos apoyados en las técnicas laparoscópicas de Steptoe para llegar al ovario, consiguió sacar adelante la fecundación de óvulos fuera del cuerpo de la madre, un milagro que ha permitido que cerca ya de cuatro millones de "niños probeta" estén en el mundo, vivos y sanos, sin secuelas ni problemas. Edwards, que cuenta ahora con ochenta y cinco años, está demasiado débil para dar entrevistas, pero su familia ha mostrado su enorme satisfacción por el galardón, que le llega treinta y dos años después de su gran éxito.Como futuro padre de dos niños fruto de la fecundación in vitro, estoy encantado con esta noticia. Nuestros pequeñitos están creciendo en la barriga de su madre gracias a la perseverancia de estos dos doctores ingleses, y por supuesto a la labor de los médicos que hoy día continúan su estela. Siendo así, ¡cómo no me va a parecer una gran noticia!
Pero, como siempre ocurre cuando salen a la luz este tipo de noticias, surgen voces contrarias que, desde posturas apocalípticas y maniqueas, quieren ver en este milagro de la ciencia un ataque a la moral, la ética y los designios divinos. La Iglesia católica española acaba de calificar la concesión de este premio a Edwards como "completamente fuera de lugar". Bien, como beneficiado de este "ataque a la moral" puedo decir que la ciencia y la investigación sacan siempre varios cuerpos de ventaja a la Iglesia en la carrera de la medicina y la salud. Una mujer con problemas en su aparato reproductor o un hombre con dificultades en su aparato genital pueden conseguir lo que tanto ansían: forjar una nueva vida. Y es esto un fruto del amor tan hermoso como el conseguido sin ayuda de la ciencia.
Esa misma ciencia que consigue que un niño crezca sano y salvo (y, por ejemplo, hablaremos sólo de vacunas o de técnicas pediátricas elementales) es la que obra el milagro de brindar a las parejas más o menos estériles una oportunidad de que sus deseos se hagan realidad. Y, para ello, claro, es necesario manipular embriones. Bien, ¿es eso tan terrible?, ¿acaso no es igual de terrible cualquier apoyo médico que haga que la vida de las personas sea más fructífera y sana? Para mí la FIV es igual de importante que el milagro que hizo que mi padre tuviera quince años más de vida gracias a un trasplante de corazón. Para mí es VIDA, con mayúscula, cuando para otros es muerte, porque ven sólo muerte y ataques a la moral en todo lo que supone un beneficio para la existencia humana fruto de la investigación.
La ciencia choca a menudo con la pared de la creencia. La fe mueve montañas, y mi fe en la ciencia mueve montañas igual de grandes. Para mí Edwards es y será un héroe, uno de los benditos culpables de que mis hijos existan, aún antes de pisar este mundo. Para que yo naciera se dieron una serie casi infinita de circunstancias y elecciones caprichosas que hacen de la vida un verdadero milagro. Pues bien, la ciencia ahora puede facilitar ese camino, ¿no es eso maravilloso? Y, además, si toda esta aventura llega a su final feliz, ¿no sería maravilloso que nuestros embriones dieran esperanza a otras parejas en peor situación que nosotros?
Así, pues, es ésta una feliz noticia que pienso contar a mis hijos algún día. Esa es, para mí, la única realidad agradecida.
viernes, 1 de octubre de 2010
El mar de la tranquilidad
Son tantas las sensaciones que me rondan que, de veras, no puedo concretar casi ninguna de ellas en este momento. Me pasa por un lado por mi mente una difícil de explicar, algo así como una autoafirmación como futuro padre que me hace ver la vida de modo distinto. No es sólo saber (qué manido está eso) que será el final de tu vida de "hijo" para pasar a comenzar tu vida como "padre"; es algo quizá más profundo pero más sencillo, una especie de difusa responsabilidad para mí mismo, para Innes y para, por supuesto, "los pequeñitos", ahora que todo está comenzando, que todo empieza a "ser".
Unos buenos amigos nos han regalado sus primeras prendas de ropa. Con ellas en las manos, asidas casi con temor y con incredulidad, parecía que mi mente repetía en un constante balanceo hipnótico "esto ya es de verdad, esto va en serio", balanceo que sólo podía ser traducido en una bobalicona sonrisa de satisfacción. Es algo más que felicidad lo que siento, es una especie de tibia sensación de ingravidez, propia, claro, de ese mar tranquilo que ha llegado después de la tormenta del miedo.
No debemos bajar la guardia. Es muy probable incluso que Innes pueda disfrutar de muchas semanas de baja (su trabajo no es el más indicado para albergar dos criaturas que harán de su barriga una descomunal razón para la vida sosegada), y aunque las pruebas propias de los tres meses han sido más que satisfactorias (un coeficiente de riesgo de bastante más de nueve mil, lo que nos libra de la daga "damocliana" de la amnio), sabemos que tenemos que ser prudentes. Pero yo ahora me quedo con sus nítidas espinas dorsales, sus corazones latientes, su perfil y todo lo que vimos en el monitor mientras se movían como culebrillas en ese peculiar vacío del útero. Fue algo mágico y sorprendente, a pesar de que no era la primera eco que les hacían. Yo me hubiese quedado horas viéndolos, escuchando el intenso latido de ambos, disfrutando como un tonto de sus pequeños cuerpos nadando en ese mar de la tranquilidad que tanto necesitábamos.
sábado, 25 de septiembre de 2010
LOS PEQUEÑITOS
Se me olvidó contar, y a Polidori también, que estamos embarazados de dos embriones, no sólo de uno. Entre emociones y disgustos no nos dimos cuenta de contar algo tan importante.
Esto cambia un poco las cosas, claro.
Por mi parte, reconozco las ventajas de tener dos bebés a la vez. Sobre todo cuando te resulta tan difícil tenerlos. Seguramente esta es la mayor ventaja de la que soy consciente. Sólo de pensar en otro tratamiento, o simplemente otra betaespera, me desorienta, me preocupa, me angustia, y me hace pensar realmente si la idea de un segundo embarazo es viable. Quizá ahora todo es demasiado reciente y, si pasa el tiempo, ya no lo veré así. Quizá. Otra ventaja clara es que creo que es muy bueno para un bebé crecer junto a otro bebé, saberse parte de un todo principal, uno más, un igual, un compañero, un hermano. Los hijos únicos crecen sabiéndose los reyes de la casa, de la familia, del mundo que les rodea y, por lo que he podido observar, a muchos eso les convierte en pequeños tiranos, especialistas en el chantaje emocional.
La verdad es que estoy deseando verles juntos en la cuna, dándose patadas o haciéndose caricias.
A menudo me pregunto cómo se organizarán el espacio dentro de mi útero. Tampoco hay tanto, tienen que repartírselo, llegar a un acuerdo. Son bebés que desde su primera existencia aprenden a pactar.
Debe de haber alguna otra ventaja, pero todavía no la vislumbro. Todavía.
Hay inconvenientes. Nos dan un poco de miedo los inconvenientes. Yo, por ejemplo, pienso que no podré estar al cien por cien con ellos, que cada uno de ellos sólo tendrá de mí el cincuenta por cien; quizá con un solo bebé te vuelcas del todo, mis bebés me tendrán siempre repartida, me tendrán que compartir desde el principio, y a su padre igual. Es algo que tengo claro que quiero aprender a hacer, concienciarme de que el tiempo que le dedique a uno tiene que ser exclusivo, no podré estar pensando en el otro y viceversa. ¿Lo conseguiré?
Pensamos en los llantos multiplicados por dos, el hambre multiplicada por dos, la fiebre multiplicada por dos, la ropa multiplicada por dos, los primeros dientes multiplicados por dos, las otitis multiplicadas por dos... y así con todo. Bueno, me digo que serán tan maravillosos que pedirán turno para llorar, no pasarán enfermedades y pedirán la teta por favor.
Y me río, claro.
Nos reímos los dos, y decimos "madre mía, madre mía, madre mía...". Es inevitable pensar en el futuro con una mezcla de asombro, ternura, miedo y amor.
Bueno, ahora son aún los Pequeñitos y estamos deseando que llegue el lunes 27 para la eco de las doce semanas. Después de tanta pérdida, no estaremos tranquilos hasta que los veamos.
Una no sabe lo que pasa ahí dentro. Y soy consciente de cómo es su fortaleza: frágil.
Exactamente como la nuestra.
Esto cambia un poco las cosas, claro.
Por mi parte, reconozco las ventajas de tener dos bebés a la vez. Sobre todo cuando te resulta tan difícil tenerlos. Seguramente esta es la mayor ventaja de la que soy consciente. Sólo de pensar en otro tratamiento, o simplemente otra betaespera, me desorienta, me preocupa, me angustia, y me hace pensar realmente si la idea de un segundo embarazo es viable. Quizá ahora todo es demasiado reciente y, si pasa el tiempo, ya no lo veré así. Quizá. Otra ventaja clara es que creo que es muy bueno para un bebé crecer junto a otro bebé, saberse parte de un todo principal, uno más, un igual, un compañero, un hermano. Los hijos únicos crecen sabiéndose los reyes de la casa, de la familia, del mundo que les rodea y, por lo que he podido observar, a muchos eso les convierte en pequeños tiranos, especialistas en el chantaje emocional.
La verdad es que estoy deseando verles juntos en la cuna, dándose patadas o haciéndose caricias.
A menudo me pregunto cómo se organizarán el espacio dentro de mi útero. Tampoco hay tanto, tienen que repartírselo, llegar a un acuerdo. Son bebés que desde su primera existencia aprenden a pactar.
Debe de haber alguna otra ventaja, pero todavía no la vislumbro. Todavía.
Hay inconvenientes. Nos dan un poco de miedo los inconvenientes. Yo, por ejemplo, pienso que no podré estar al cien por cien con ellos, que cada uno de ellos sólo tendrá de mí el cincuenta por cien; quizá con un solo bebé te vuelcas del todo, mis bebés me tendrán siempre repartida, me tendrán que compartir desde el principio, y a su padre igual. Es algo que tengo claro que quiero aprender a hacer, concienciarme de que el tiempo que le dedique a uno tiene que ser exclusivo, no podré estar pensando en el otro y viceversa. ¿Lo conseguiré?
Pensamos en los llantos multiplicados por dos, el hambre multiplicada por dos, la fiebre multiplicada por dos, la ropa multiplicada por dos, los primeros dientes multiplicados por dos, las otitis multiplicadas por dos... y así con todo. Bueno, me digo que serán tan maravillosos que pedirán turno para llorar, no pasarán enfermedades y pedirán la teta por favor.
Y me río, claro.
Nos reímos los dos, y decimos "madre mía, madre mía, madre mía...". Es inevitable pensar en el futuro con una mezcla de asombro, ternura, miedo y amor.
Bueno, ahora son aún los Pequeñitos y estamos deseando que llegue el lunes 27 para la eco de las doce semanas. Después de tanta pérdida, no estaremos tranquilos hasta que los veamos.
Una no sabe lo que pasa ahí dentro. Y soy consciente de cómo es su fortaleza: frágil.
Exactamente como la nuestra.
miércoles, 22 de septiembre de 2010
PÉRDIDAS
Existen distintos tipos de pérdidas. Hay pérdidas de seres queridos; pérdidas de dinero; pérdidas de razón; pérdidas de orina; pérdidas de memoria... Y estas pérdidas, las del embarazo.
No sólo se pierde sangre, pierdes ánimo.
Cuando más ánimo necesitas, sientes que se te va con cada nueva pérdida.
Pierdes seguridad, inocencia, la certeza de que todo va a ir bien. Es como una inyección (un pinchazo más) cargada de miedo. El sábado 4 nos inyectaron ese miedo y desde entonces es como un virus corriendo por nuestras venas. A veces permanece inactivo y la inconsciencia puede más, la risa o el sentido del humor (que incluso ahora, o sobre todo ahora, tenemos) son buenas armas contra ese miedo, pero prevalece la idea de que el miedo es un dios poderoso que no deja de decirte que acabará pasando lo que tenga que pasar, desees lo que desees y con la intensidad que lo desees.
¿Por qué tantas dificultades? ¿Tanto sufrir?
Parece que me esté pasando factura todas las veces que dije este verano, antes del día 4, "me niego a vivir el embarazo con miedo, yo mejor que nadie sé que puede pasar cualquier cosa, pero mientras no ocurra, todo está bien y yo feliz". La gente me decía: prudencia. Y yo contestaba: "¿prudencia? Y una mierda, esta ilusión la voy a vivir al máximo, sin frenos".
Cuántas veces he recordado lo que decía.
¿Por qué este precio?
Los médicos tampoco ayudan mucho. No saben por qué ocurre. Ninguno te dice: no te preocupes, no va a pasar nada. Lo entiendo, claro, no es ése su trabajo. Pero no dejan de trabajar con una asepsia y una indiferencia casi dolorosas. Hacen que te plantees que realmente no pasa nada en unos términos curiosos: aunque a ti se te muera el feto dentro la raza humana no depende de tu útero. Sí, en cierto modo es tranquilizador.
Tengo controlado el hipotiroidismo, bien. La tensión baja, bien. El peso ideal, bien. Nada de hematomas internos, bien. Tamaño de los fetos (no sé si dijimos que son dos), bien. Latido, bien.
En las distintas ecos que me han hecho, "todo está bien", me dicen. Pero entonces... ¿por qué sangro?
E inmediatamente me acuerdo de una viñeta de El Roto, en la que un soldado en mitad de la batalla le dice a su superior: "¿Esto es como un videojuego, verdad, sargento?", "¡Claro!", le contesta el otro. A lo que el soldado contesta:
- Y entonces, ¿por qué sangro?
No sólo se pierde sangre, pierdes ánimo.
Cuando más ánimo necesitas, sientes que se te va con cada nueva pérdida.
Pierdes seguridad, inocencia, la certeza de que todo va a ir bien. Es como una inyección (un pinchazo más) cargada de miedo. El sábado 4 nos inyectaron ese miedo y desde entonces es como un virus corriendo por nuestras venas. A veces permanece inactivo y la inconsciencia puede más, la risa o el sentido del humor (que incluso ahora, o sobre todo ahora, tenemos) son buenas armas contra ese miedo, pero prevalece la idea de que el miedo es un dios poderoso que no deja de decirte que acabará pasando lo que tenga que pasar, desees lo que desees y con la intensidad que lo desees.
¿Por qué tantas dificultades? ¿Tanto sufrir?
Parece que me esté pasando factura todas las veces que dije este verano, antes del día 4, "me niego a vivir el embarazo con miedo, yo mejor que nadie sé que puede pasar cualquier cosa, pero mientras no ocurra, todo está bien y yo feliz". La gente me decía: prudencia. Y yo contestaba: "¿prudencia? Y una mierda, esta ilusión la voy a vivir al máximo, sin frenos".
Cuántas veces he recordado lo que decía.
¿Por qué este precio?
Los médicos tampoco ayudan mucho. No saben por qué ocurre. Ninguno te dice: no te preocupes, no va a pasar nada. Lo entiendo, claro, no es ése su trabajo. Pero no dejan de trabajar con una asepsia y una indiferencia casi dolorosas. Hacen que te plantees que realmente no pasa nada en unos términos curiosos: aunque a ti se te muera el feto dentro la raza humana no depende de tu útero. Sí, en cierto modo es tranquilizador.
Tengo controlado el hipotiroidismo, bien. La tensión baja, bien. El peso ideal, bien. Nada de hematomas internos, bien. Tamaño de los fetos (no sé si dijimos que son dos), bien. Latido, bien.
En las distintas ecos que me han hecho, "todo está bien", me dicen. Pero entonces... ¿por qué sangro?
E inmediatamente me acuerdo de una viñeta de El Roto, en la que un soldado en mitad de la batalla le dice a su superior: "¿Esto es como un videojuego, verdad, sargento?", "¡Claro!", le contesta el otro. A lo que el soldado contesta:
- Y entonces, ¿por qué sangro?
lunes, 6 de septiembre de 2010
Miedo
Las semanas avanzan. Ya son nueve, o diez, dependiendo de las cuentas. Estamos pletóricamente contentos, contando los días del calendario con dibujitos de dos sonrientes embriones. Ya hemos visto tres ecografías con un latido nítido y precioso, y sabemos que tenemos ya un par de renacuajos de casi tres centímetros. Esto es poco en una mano; apenas el tamaño de un anacardo, pero son dos pequeños seres nacidos del fruto de la unión de nuestras células. Es mágico.
Pero este sábado hemos tenido un buen susto: un sangrado, y abundante. Eso significa la visita "urgente" a urgencias, en este caso con nocturnidad y alevosía. Pero todo estaba bien, todo continúa bien. Los corazones de ambos latían con mucha fuerza, y todo quedó en un susto, pero menudo susto.
No podemos evitar leer información por todos los lados; en internet, en los libros... Cada una de las aseveraciones se contradice con otra, y en todas hay suficientes motivos para tranquilizarse y para temerse lo peor. Es demasiado terrible pensar en que todo puede acabar antes incluso de haber empezado. Es inevitable darle vueltas a los famosos tres primeros meses. Uno debe ser cauto, por si acaso; uno no debe parecer demasiado optimista, por si acaso; pero, ¿acaso esto puede hacerse con calma, con serenidad? Ahora que el hecho es que dos pequeños seres crecen (y muy rápido) en el útero de Inness y que nosotros no podemos más que esperar a que sigan adelante, a que "salgan de peligro", es constante la sensación de impotencia. Todo lo que se ha luchado, todas las expectativas, todas las lágrimas (de dolor y de alegría) ¿podrían irse al traste?
A uno le entran ganas de empezar a gritar de dolor por el sentido tan dramático del humor que tiene la Madre Naturaleza. Pero nos agarramos a la esperanza. Eso es lo primero, y eso es lo último. Queremos ya como parte de nosotros mismos a esos dos pequeños proyectos de ser humano. Discutimos sus futuros nombres, hacemos bromas con cómo va a ser su personalidad, cómo van a reaccionar a nuestras excentricidades y juegos de la "edad madura". Fantaseamos con si serán biólogos, filólogos o estrellas del baloncesto. Y aún la barriga de Inness sigue plana...
Esperanza. Dulce esperanza. A ti nos agarramos, a ti nos encomendamos. Somos felices, y queremos serlo aún más. Mientras la espera nos tortura, pero podremos con ella. Lucharemos a brazo partido. Por el mañana. Por su mañana.
Pero este sábado hemos tenido un buen susto: un sangrado, y abundante. Eso significa la visita "urgente" a urgencias, en este caso con nocturnidad y alevosía. Pero todo estaba bien, todo continúa bien. Los corazones de ambos latían con mucha fuerza, y todo quedó en un susto, pero menudo susto.
No podemos evitar leer información por todos los lados; en internet, en los libros... Cada una de las aseveraciones se contradice con otra, y en todas hay suficientes motivos para tranquilizarse y para temerse lo peor. Es demasiado terrible pensar en que todo puede acabar antes incluso de haber empezado. Es inevitable darle vueltas a los famosos tres primeros meses. Uno debe ser cauto, por si acaso; uno no debe parecer demasiado optimista, por si acaso; pero, ¿acaso esto puede hacerse con calma, con serenidad? Ahora que el hecho es que dos pequeños seres crecen (y muy rápido) en el útero de Inness y que nosotros no podemos más que esperar a que sigan adelante, a que "salgan de peligro", es constante la sensación de impotencia. Todo lo que se ha luchado, todas las expectativas, todas las lágrimas (de dolor y de alegría) ¿podrían irse al traste?
A uno le entran ganas de empezar a gritar de dolor por el sentido tan dramático del humor que tiene la Madre Naturaleza. Pero nos agarramos a la esperanza. Eso es lo primero, y eso es lo último. Queremos ya como parte de nosotros mismos a esos dos pequeños proyectos de ser humano. Discutimos sus futuros nombres, hacemos bromas con cómo va a ser su personalidad, cómo van a reaccionar a nuestras excentricidades y juegos de la "edad madura". Fantaseamos con si serán biólogos, filólogos o estrellas del baloncesto. Y aún la barriga de Inness sigue plana...
Esperanza. Dulce esperanza. A ti nos agarramos, a ti nos encomendamos. Somos felices, y queremos serlo aún más. Mientras la espera nos tortura, pero podremos con ella. Lucharemos a brazo partido. Por el mañana. Por su mañana.
miércoles, 4 de agosto de 2010
Contención
Felicidad... ¿contenida?
Desde el lunes estamos técnica y oficialmente embarazados, y los fantasmas anteriores intentan coartar esa felicidad. Al fin y al cabo una cosa está clara: todo el mundo sabe y opina de madres, embarazos y niños. Y nosotros estamos aún de dos semanas (cuatro, creo, si lo cuenta un pediatra). Por ahora ambos son una mínima conjunción de células mágicamente prendidas del útero de Innes. Y ahora nos piden cautela, después de todos los miedos y temores del pasado...
Sé que tengo que contenerme, pero, ¿cómo evitar pensar en el futuro, el más cercano y el más lejano? La responsabilidad ya empieza a pesar, y esta mañana he sido obviamente menos fogoso en algunas maniobras con la moto. Pienso en todo lo que se nos viene encima, pero pienso en que quiero disfrutarlo. Estoy harto de madres y, sobre todo, padres que me dicen que "te vas a enterar"... ¡Claro que quiero enterarme! Ser padre es una experiencia única, y una de las más importantes que te ofrece esta vida (si no quizá la más importante). El miedo a que algo pueda salir mal lo tendré ya toda la vida, pero eso no me va a impedir ser actor principal de una historia que está por escribir y a la que voy a dedicar mis energías el resto de mi existencia. Y pienso reír, llorar, emocionarme, sentir y disfrutar todos los momentos.
Nada puede salir mal, porque ésta es nuestra oportunidad. Y la merecemos.
Desde el lunes estamos técnica y oficialmente embarazados, y los fantasmas anteriores intentan coartar esa felicidad. Al fin y al cabo una cosa está clara: todo el mundo sabe y opina de madres, embarazos y niños. Y nosotros estamos aún de dos semanas (cuatro, creo, si lo cuenta un pediatra). Por ahora ambos son una mínima conjunción de células mágicamente prendidas del útero de Innes. Y ahora nos piden cautela, después de todos los miedos y temores del pasado...
Sé que tengo que contenerme, pero, ¿cómo evitar pensar en el futuro, el más cercano y el más lejano? La responsabilidad ya empieza a pesar, y esta mañana he sido obviamente menos fogoso en algunas maniobras con la moto. Pienso en todo lo que se nos viene encima, pero pienso en que quiero disfrutarlo. Estoy harto de madres y, sobre todo, padres que me dicen que "te vas a enterar"... ¡Claro que quiero enterarme! Ser padre es una experiencia única, y una de las más importantes que te ofrece esta vida (si no quizá la más importante). El miedo a que algo pueda salir mal lo tendré ya toda la vida, pero eso no me va a impedir ser actor principal de una historia que está por escribir y a la que voy a dedicar mis energías el resto de mi existencia. Y pienso reír, llorar, emocionarme, sentir y disfrutar todos los momentos.
Nada puede salir mal, porque ésta es nuestra oportunidad. Y la merecemos.
lunes, 2 de agosto de 2010
¡¡POSITIVO!!
Esta mañana me han dado el resultado de la Beta: 1540. Es una barbaridad de alta. Seguramente son dos. Claro: Óptimo y Óptima, ya lo decíamos. ¿Contentos? Noooo. Estamos extasiados, emocionados, sensibles (más de lo habitual), aturdidos... En una palabra: FELICES.Y, como dije, el test de orina me debía una, y aquí está la foto para demostrarlo. Tal y como imaginé y deseé, esta tarde hemos ido a comprarlo y ni siquiera hemos esperado a mañana. La raya ha aparecido en unos segundos y ha sido muy muy muy intensa. Como nuestra felicidad actual.
Estamos tan, tan, tan felices, que nos da hasta miedo.
domingo, 1 de agosto de 2010
Y YA LLEGA...
Sí, parecía que no iba a llegar nunca, pero mañana es el día de la prueba de la Beta. Hoy hace justo quince días que me transfirieron a Óptimo y Óptima, nuestros embrioncillos. Mañana a las ocho de la mañana voy a hacerme el análisis de sangre, y el médico me llamará al mediodía (sí, así, al mediodía, sin especificar la hora ni nada). Esas horas son espantosas, son el broche final a estas dos semanas en las que he tenido momentos de "no poder más" con la tensión. Y es verdad que por muy tranquila que estés, se acumula una tensión mental que a medida que avanza se convierte en tensión física también, y acabas llorando de eso, de pura rabia e impotencia, de puro estar escuchando pasar los segundos dentro de tu cabeza y no tener más señal que los dolores de regla tan fuertes que he tenido durante la noche. Una voz en la cabeza (cielos, ¿empiezo a oír voces?) te grita "¿¡pero es que soy la única que se da cuenta de que el reloj está parado?!"...
Estos últimos días lo he pasado especialmente mal. Polidori también, aunque a él le cueste más expresarlo. No porque no muestre sus emociones, es un maestro en expresarlas con palabras o con gestos. Yo creo que es más bien por prudencia o por protección. Es un tema tan delicado, que quizá una sola palabra puede hacerte saltar un resorte y venirte abajo, o arriba (porque también hay muchos momentos de auténtico entusiasmo e ilusión). Uno pierde un poco el control de sus emociones. Y te sientes inseguro, perdido.
En un proceso así, a los hombres llega un punto en que la ciencia les dice: ya no te necesitamos. Tu hembra está engendrada y a partir de aquí tú ya vas por libre, si quieres te quedas en la madriguera, o no. No es fácil para ellos, lo único que se les pide es una muestra de semen.
Yo no, claro, yo le pido todo. No podría haber hecho esto sola. Él ha sido mi apoyo constante, mis pies, mis manos, mi cabeza, mi risa, mi todo. Sé que lo ha pasado muy mal. Y yo no he expresado más mi malestar por no herirlo a él. He sido más fuerte por él. Sabemos que pase lo que pase, nos tenemos a nosotros, y eso es lo más importante.
Bueno, tras estas dos semanas de vida "sin" (sin alcohol, sin tabaco, sin piscina, sin sexo), podemos decir que mañana es el gran día y que
ALEA IACTA EST.
Estos últimos días lo he pasado especialmente mal. Polidori también, aunque a él le cueste más expresarlo. No porque no muestre sus emociones, es un maestro en expresarlas con palabras o con gestos. Yo creo que es más bien por prudencia o por protección. Es un tema tan delicado, que quizá una sola palabra puede hacerte saltar un resorte y venirte abajo, o arriba (porque también hay muchos momentos de auténtico entusiasmo e ilusión). Uno pierde un poco el control de sus emociones. Y te sientes inseguro, perdido.
En un proceso así, a los hombres llega un punto en que la ciencia les dice: ya no te necesitamos. Tu hembra está engendrada y a partir de aquí tú ya vas por libre, si quieres te quedas en la madriguera, o no. No es fácil para ellos, lo único que se les pide es una muestra de semen.
Yo no, claro, yo le pido todo. No podría haber hecho esto sola. Él ha sido mi apoyo constante, mis pies, mis manos, mi cabeza, mi risa, mi todo. Sé que lo ha pasado muy mal. Y yo no he expresado más mi malestar por no herirlo a él. He sido más fuerte por él. Sabemos que pase lo que pase, nos tenemos a nosotros, y eso es lo más importante.
Bueno, tras estas dos semanas de vida "sin" (sin alcohol, sin tabaco, sin piscina, sin sexo), podemos decir que mañana es el gran día y que
ALEA IACTA EST.
miércoles, 28 de julio de 2010
Frozen babies
Acabo (he sido yo quien se ha atrevido) de llamar a la Unidad de Reproducción Asistida para preguntar si alguno de los embriones que teníamos han evolucionado bien y se han podido congelar. Y, atenazado por los nervios, he escuchado la confirmación de que tres de ellos han podido ser congelados.
Es una alegría enorme, pero una alegría extraña. Nuestros adn se han unido, y ahora mismo existen ("son", algo por fin "es" desde que empezó todo esto) tres pequeños grupos de células con nuestra carga genética congelados y dispuestos para ser despertados en el futuro. ¿Serán necesarios para nosotros, servirán de ayuda para otras parejas en caso de que nuestra aventura presente tenga éxito? El lunes día 2 de agosto nos confirman si los dos óptimos que ya han sido transferidos han decidido quedarse con nosotros. Y la espera es eterna, tensa e impaciente.
Nadie dijo que iba a ser fácil, pero hoy todo parece algo más sencillo. Esta curva del camino permite disfrutar un poco del paisaje. Para hoy poco más puedo pedir.
Es una alegría enorme, pero una alegría extraña. Nuestros adn se han unido, y ahora mismo existen ("son", algo por fin "es" desde que empezó todo esto) tres pequeños grupos de células con nuestra carga genética congelados y dispuestos para ser despertados en el futuro. ¿Serán necesarios para nosotros, servirán de ayuda para otras parejas en caso de que nuestra aventura presente tenga éxito? El lunes día 2 de agosto nos confirman si los dos óptimos que ya han sido transferidos han decidido quedarse con nosotros. Y la espera es eterna, tensa e impaciente.
Nadie dijo que iba a ser fácil, pero hoy todo parece algo más sencillo. Esta curva del camino permite disfrutar un poco del paisaje. Para hoy poco más puedo pedir.
lunes, 26 de julio de 2010
Por el principio
Antes, mucho antes de que esto empezara, la pregunta no era si querías ser padre, sino si realmente podrías estar preparado para ello. Supongo que es la pregunta ancestral que todos los varones de homo sapiens se han hecho desde que el mundo es mundo. Lo cierto es que, ahora que estamos inmersos en todo este largo y proceloso proceso (y perdón por la cacofonía), todo parece tan simple y tan difícil que sabe a examen diario de necesidad e intención de ser padres.
Al fin y al cabo, serlo (ni que decir tiene ser madre) a través de una FIV es atravesar un embarazo que dura muchos más meses que un embarazo normal. Todo es más meditado, más vívido e intenso, y más exigente. Si una pareja se queda embarazada per natura ya está, todo es sencillo o complicado, pero "es". Sin embargo, en una FIV la lucha es por "ser", en concreto por empezar a ser (de una puñetera vez, diría yo), y cada pinchazo, cada intervención médica, cada pastilla, supositorio vaginal o enema tiene un solo objetivo: que un embrión prenda en el útero y dé de sí nada menos que una (o varias) vidas humanas; ahí es nada.
Decidimos dar este paso casi sin querer, cuando recogíamos las pruebas de nuestra capacidad para ser individuos procreadores, y sabíamos que en ninguno de los casos iba a ser fácil; pero claro, nadie nos dijo que pudiera llegar a ser tan difícil. Para Ginnebra lo es por lógicas y aplastantes razones, pero... ¿y para mí?
Desde un principio la sensación de "tara" es demasiado latente como para no tenerla en cuenta, máxime cuando, además, tan sólo se exige de nuestra parte una mínima abstinencia, un poco de cuidarse y una placentera (breve, aseguro) salida de ducha antes de la temida punción. Es algo, creedme, duro de asimilar, que intentas compensar con apoyo, fuerza, cariño y estar, en toda su magnitud, en cada uno de los momentos, intentando que sea el humor, tan necesario, el que nos salve de las situaciones más difíciles.
Esto es el principio, y ya sabemos cuál es la meta. El camino, con sus vueltas y revueltas, sembrado de amor, ternura, esperanza, ansiedad y deseo, es el que caminamos juntos; y eso, a la postre, es lo único que importa.
Al fin y al cabo, serlo (ni que decir tiene ser madre) a través de una FIV es atravesar un embarazo que dura muchos más meses que un embarazo normal. Todo es más meditado, más vívido e intenso, y más exigente. Si una pareja se queda embarazada per natura ya está, todo es sencillo o complicado, pero "es". Sin embargo, en una FIV la lucha es por "ser", en concreto por empezar a ser (de una puñetera vez, diría yo), y cada pinchazo, cada intervención médica, cada pastilla, supositorio vaginal o enema tiene un solo objetivo: que un embrión prenda en el útero y dé de sí nada menos que una (o varias) vidas humanas; ahí es nada.
Decidimos dar este paso casi sin querer, cuando recogíamos las pruebas de nuestra capacidad para ser individuos procreadores, y sabíamos que en ninguno de los casos iba a ser fácil; pero claro, nadie nos dijo que pudiera llegar a ser tan difícil. Para Ginnebra lo es por lógicas y aplastantes razones, pero... ¿y para mí?
Desde un principio la sensación de "tara" es demasiado latente como para no tenerla en cuenta, máxime cuando, además, tan sólo se exige de nuestra parte una mínima abstinencia, un poco de cuidarse y una placentera (breve, aseguro) salida de ducha antes de la temida punción. Es algo, creedme, duro de asimilar, que intentas compensar con apoyo, fuerza, cariño y estar, en toda su magnitud, en cada uno de los momentos, intentando que sea el humor, tan necesario, el que nos salve de las situaciones más difíciles.
Esto es el principio, y ya sabemos cuál es la meta. El camino, con sus vueltas y revueltas, sembrado de amor, ternura, esperanza, ansiedad y deseo, es el que caminamos juntos; y eso, a la postre, es lo único que importa.
domingo, 25 de julio de 2010
CUMPLIDA UNA SEMANA
Hoy hace una semana que los embrioncillos están conmigo, con nosotros. Las dudas son muchas, pero prefiero pensar que están ahí porque no tengo motivos para lo contrario.
No son dudas. Es miedo. Es puro miedo de que, otra vez, sea negativo. Pero no lo será. Esta vez no.
Sé que tengo miedo porque en breve podría hacerme un test de embarazo casero y ni se me ocurre. No lo hice la otra vez y sería incapaz de hacerlo ahora. Lo hacen muchas mujeres. Antes de la beta, se hacen el test en casa.
La sola idea de imaginarme esa tira de nuevo, mojada de orina, esperando, mirando, mirándome... me aterra. Aunque me lo pusieran delante, no lo haría. No soy capaz de volver a pasar por esos minutos otra vez en el cuarto de baño, y volver a ver una única rayita rosa: negativo.
Eso sí, cuando por teléfono me digan que es positivo... Lo primero que voy a hacer es correr a la farmacia a comprarme un test, o dos, o cinco, y hacerlo. Estoy deseando desquitarme. Estoy deseando decirle a ese cacharrito que SÍ, ja, sí. Bueno, mejor que me lo diga él a mí. Entonces sí que tendrá que decírmelo, entonces sí tendrá que salir la segunda raya. La segunda dichosa raya. Me lo dirá todas las veces que yo quiera: me lo debe.
Hoy no he tenido dolor. Sólo alguna molestia difusa, inespecífica en el estómago. Y un pequeño mareo, pero vete tú a saber de qué... ¿el calor, el descanso, el sopor del verano, el sol...?
Estoy contenta, porque esta noche llega Polidori.
No son dudas. Es miedo. Es puro miedo de que, otra vez, sea negativo. Pero no lo será. Esta vez no.
Sé que tengo miedo porque en breve podría hacerme un test de embarazo casero y ni se me ocurre. No lo hice la otra vez y sería incapaz de hacerlo ahora. Lo hacen muchas mujeres. Antes de la beta, se hacen el test en casa.
La sola idea de imaginarme esa tira de nuevo, mojada de orina, esperando, mirando, mirándome... me aterra. Aunque me lo pusieran delante, no lo haría. No soy capaz de volver a pasar por esos minutos otra vez en el cuarto de baño, y volver a ver una única rayita rosa: negativo.
Eso sí, cuando por teléfono me digan que es positivo... Lo primero que voy a hacer es correr a la farmacia a comprarme un test, o dos, o cinco, y hacerlo. Estoy deseando desquitarme. Estoy deseando decirle a ese cacharrito que SÍ, ja, sí. Bueno, mejor que me lo diga él a mí. Entonces sí que tendrá que decírmelo, entonces sí tendrá que salir la segunda raya. La segunda dichosa raya. Me lo dirá todas las veces que yo quiera: me lo debe.
Hoy no he tenido dolor. Sólo alguna molestia difusa, inespecífica en el estómago. Y un pequeño mareo, pero vete tú a saber de qué... ¿el calor, el descanso, el sopor del verano, el sol...?
Estoy contenta, porque esta noche llega Polidori.
sábado, 24 de julio de 2010
UN DÍA MÁS
Ha pasado otro día. Un día menos para el resultado de la beta.
Este fin de semana me he quedado sola porque Polidori se ha ido a Huelva al bautizo de su sobrino. Todo estaba planeado para que fuéramos juntos, pero al final no ha podido ser y decidimos que sería mejor quedarme en casa para descansar y, sobre todo, evitar esfuerzos. Los viajes, ya se sabe, siempre lo son. Polidori acaba de enviarme desde el iPhone una foto de la playa. Al verla he sonreído porque ha tenido el detalle de hacer la foto sólo de la arena, evitando el agua, apenas se ve algo de la orilla...
No sé si sabréis que en todo este proceso, entre otras muchas cosas, te prohíben bañarte. No te puedes bañar en la bañera, ni en la piscina ni en el mar ni en ningún sitio.
En la primera FIV, cuando el médico me lo recordaba, yo levantaba los hombros en señal de indiferencia. Era invierno.
Ahora, lo estoy pasando por ese motivo francamente mal. El largo y cálido verano de Madrid se cierne sobre nosotros y yo adoro estar metida en el agua en estas fechas. Sí, sé que hay sacrificios peores y por peores cosas, soy consciente de ello, pero eso no significa que este camino esté lleno de pequeñas piedras que, por sí solas no dañan, pero una tras otra y todo el rato, sí, y mucho. No hago más que pensar que el esfuerzo valdrá la pena. Ojalá.
Los síntomas hasta hoy siguen siendo los mismos: dolor de ovarios como si fuera a venirme la regla. Desde el mismo día de la transferencia. Cada vez que siento ese dolor se me viene el mundo encima, a pesar de saber que no significa nada: puede ser síntoma de un positivo o de un negativo. Pero es exactamente el mismo, idéntico dolor de los días previos a la regla y yo no sé identificarlo con otra cosa que no sea eso: sangre.
Cada vez que me duele, tengo que pensar en positivo y decirme que no es más que mi útero metiendo codos a los ovarios para ponerse cómodo, pues ahora vamos a ser tres en uno.
viernes, 23 de julio de 2010
¿Y POR QUÉ NO?
El camino para tener un hijo puede ser fácil, imprevisto, o difícil.
A nosotros nos ha tocado el difícil.
En agosto de 2008, en algún momento de una de las tardes a la sombra de la siesta, se nos pasó por la cabeza a la vez, la imagen de un bebé. No dijimos nada, pero nos miramos y, entonces sí, a la vez nos preguntamos: "¿Y por qué no?".
Había llegado el momento. Por primera vez no nos molestaba la idea de tener un hijo, simplemente lo aceptamos de forma natural, sin aspavientos, sin charlas, sin grandes alegrías, nada. Había llegado el momento y lo sabíamos y teníamos una nueva ilusión.
Me imaginé de madre. Lo imaginé de padre. Imaginé una hija. Me parecía bien. Nunca antes me había imaginado de madre, ni lo había imaginado de padre, ni había imaginado una hija. Las imágenes, de repente en mí como si siempre hubiesen estado ahí, pero dormidas, tenían cada vez más forma, más color, más luz y, sobre todo, más seguridad y paz. Me transmitían mucha paz, esa paz que uno siente cuando sabe por fin lo que tiene que hacer, sin dudas, sin preguntas, sin miedos, sin más.
Han pasado dos años de aquel momento, de aquella tarde que nunca olvidaré. Las imágenes, en lugar de cobrar intensidad, se han desdibujado, han ido perdiendo tono y forma, se han alejado de mi visión como si condujera un coche en dirección contraria a donde quiero ir. Poco a poco, mes tras mes, la realidad y seguridad aplastante que me inspiraba mi propio sueño se ha cubierto de incertidumbre, de miedo, de inseguridad, de rabia, de dolor.
No voy a narrar los pormenores de estos 24 meses. Lo muchísimo que nos ha costado aceptar que estamos dentro de lo que se llama "parejas estériles", la tristeza de ver un negativo tras otro y otro y otro, la recuperación y pérdida CONSTANTE, casi diaria, de la ilusión; el desgaste físico y psicológico...
Estamos muy unidos. Siempre lo hemos estado. No me atrevo a decir que ahora más, porque antes de todo esto lo estábamos ya como nunca. Quizá ahora nos conocemos mejor. Nos sabemos débiles y vulnerables ante las dificultades que todos tenemos que superar en la vida.
Después de un largo, largo, largo camino estamos en la segunda FIV. El 26 de marzo de este año nos dieron el negativo.
No voy a hablar de aquello. Ya es pasado. Pero puedo asegurar que lo vivimos como un aborto. Para nosotros esas células con nuestro ADN eran nuestras moritas, un logro tan ansiado que las amábamos tanto como se ama a un hijo. Hicimos de tripa corazón. Nos hicimos los fuertes. Sonreímos. Pero estábamos de luto.
No pudimos congelar embriones.
Nuestra segunda FIV empezó el 4 de julio. Es el día que empecé por segunda vez a inyectarme hormonas. En este ciclo he tenido que pincharme hasta tres veces seguidas cada día. Esto es un tema aparte que merece otra entrada.
Después de todo, de los pinchazos, de la espera de la llamada de la bióloga, de la transferencia... Estamos a día 5 postransfer. Alojaron en mi útero dos embrioncillos de calidad óptima.
Ojalá sigan en mí, en nosotros, y el día 2 de agosto, por fin, quién sabe, me den el positivo.
Si me lo dan, cuando sea mayor le contaremos (les contaremos) que empezaron a gestarse en una carpeta amarilla, entre informes y analíticas y recetas y justificantes de asistencia, en la antesala de la consulta nº 4.
Seguiré contando. Seguiremos contando.
A nosotros nos ha tocado el difícil.
En agosto de 2008, en algún momento de una de las tardes a la sombra de la siesta, se nos pasó por la cabeza a la vez, la imagen de un bebé. No dijimos nada, pero nos miramos y, entonces sí, a la vez nos preguntamos: "¿Y por qué no?".
Había llegado el momento. Por primera vez no nos molestaba la idea de tener un hijo, simplemente lo aceptamos de forma natural, sin aspavientos, sin charlas, sin grandes alegrías, nada. Había llegado el momento y lo sabíamos y teníamos una nueva ilusión.
Me imaginé de madre. Lo imaginé de padre. Imaginé una hija. Me parecía bien. Nunca antes me había imaginado de madre, ni lo había imaginado de padre, ni había imaginado una hija. Las imágenes, de repente en mí como si siempre hubiesen estado ahí, pero dormidas, tenían cada vez más forma, más color, más luz y, sobre todo, más seguridad y paz. Me transmitían mucha paz, esa paz que uno siente cuando sabe por fin lo que tiene que hacer, sin dudas, sin preguntas, sin miedos, sin más.
Han pasado dos años de aquel momento, de aquella tarde que nunca olvidaré. Las imágenes, en lugar de cobrar intensidad, se han desdibujado, han ido perdiendo tono y forma, se han alejado de mi visión como si condujera un coche en dirección contraria a donde quiero ir. Poco a poco, mes tras mes, la realidad y seguridad aplastante que me inspiraba mi propio sueño se ha cubierto de incertidumbre, de miedo, de inseguridad, de rabia, de dolor.
No voy a narrar los pormenores de estos 24 meses. Lo muchísimo que nos ha costado aceptar que estamos dentro de lo que se llama "parejas estériles", la tristeza de ver un negativo tras otro y otro y otro, la recuperación y pérdida CONSTANTE, casi diaria, de la ilusión; el desgaste físico y psicológico...
Estamos muy unidos. Siempre lo hemos estado. No me atrevo a decir que ahora más, porque antes de todo esto lo estábamos ya como nunca. Quizá ahora nos conocemos mejor. Nos sabemos débiles y vulnerables ante las dificultades que todos tenemos que superar en la vida.
Después de un largo, largo, largo camino estamos en la segunda FIV. El 26 de marzo de este año nos dieron el negativo.
No voy a hablar de aquello. Ya es pasado. Pero puedo asegurar que lo vivimos como un aborto. Para nosotros esas células con nuestro ADN eran nuestras moritas, un logro tan ansiado que las amábamos tanto como se ama a un hijo. Hicimos de tripa corazón. Nos hicimos los fuertes. Sonreímos. Pero estábamos de luto.
No pudimos congelar embriones.
Nuestra segunda FIV empezó el 4 de julio. Es el día que empecé por segunda vez a inyectarme hormonas. En este ciclo he tenido que pincharme hasta tres veces seguidas cada día. Esto es un tema aparte que merece otra entrada.
Después de todo, de los pinchazos, de la espera de la llamada de la bióloga, de la transferencia... Estamos a día 5 postransfer. Alojaron en mi útero dos embrioncillos de calidad óptima.
Ojalá sigan en mí, en nosotros, y el día 2 de agosto, por fin, quién sabe, me den el positivo.
Si me lo dan, cuando sea mayor le contaremos (les contaremos) que empezaron a gestarse en una carpeta amarilla, entre informes y analíticas y recetas y justificantes de asistencia, en la antesala de la consulta nº 4.
Seguiré contando. Seguiremos contando.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)