Si no puedo hacer bien lo que hacen todos,
haré mejor que nunca lo que no hizo nadie.
La carpeta amarilla
Historia de un bebé (o dos) FIVer...
martes, 27 de marzo de 2012
miércoles, 4 de enero de 2012
Un año después
Una año después, más de un años después, aún hay momentos en el que el tiempo se detiene. Como este sábado, de fiestas navideñas, cuando mi sobrino, de siete años, me preguntó si "a la tita se le murieron los bebés dentro". Y toda esa coraza que te estás tejiendo día a día se va al traste. Y todo vuelve de nuevo.
Hoy es un buen día como otro cualquiera para volver a escribir aquí. Por expiar. Por exorcizar. Éste iba a ser un blog de uno o dos niños por fiv, y ahora es un blog de dos pérdidas antes de que nada fueran.
Hoy es un día triste. Como tantos otros días.
jueves, 30 de diciembre de 2010
martes, 19 de octubre de 2010
El trimestre de la aceptación
Dicen que el segundo trimestre es el de la aceptación, y es muy probable que así sea. No en vano la barriga de Inness ha dejado de ser plana para tener, ya, una prominencia casi indisimulable (pero no suficiente como para que le dejen el asiento en el metro, todo hay que decirlo). Quizá esa presencia, que crece día a día, sea la que nos está diciendo, sin estridencias, lo en serio que va esto, y por eso no dejamos de sonreír y de chocar nuestras barrigas, ahora que son parecidas (ya se sabe, la curva de la felicidad, nunca mejor dicho).
Sin embargo, Inness ha vuelto al trabajo, y yo ando un poco preocupado. A fin de cuentas, el ginecólogo fue tajante cuando la hablamos del tema: por ahora su embarazo es como cualquier otro, y por ende debe hacer vida normal. Y nos dijo una frase iluminativa: "cuidado con lo que leéis", además de "disfrutad de la barriga". Todo parece indicar que debemos disfrutar, pues, de esta calma que viene antes de la tempestad que, irremediablemente, se desatará en un futuro; pero han sido demasiados sobresaltos como para ahora acostumbrarme, de golpe, a la ausencia de preocupaciones. Hago, esfuerzos, de hecho, no plenamente satisfactorios (sin ir más lejos, los fantasmas de las dudas y temores me hicieron revolverme en la cama buena parte de la noche siempre difícil del domingo al lunes).
Lo cierto es que la vida, con sus visitas médicas y vacunas varias, ha vuelto a una relativa normalidad en todos los sentidos (sí, en todos los sentidos, incluso los sentidos más placenteros), y no está nada mal que sea así. Quizá sí es cierto que hemos aceptado nuestra situación, y ya decimos sin rubor que "estamos embarazados", con todo lo que eso conlleva (y conlleva, a menudo, situaciones bastante surrealistas). Incluso ya vemos con otros ojos las tiendas que muestran ropas y enseres para niños, donde pasamos un buen rato mirando los artículos con una mezcla de ternura y pragmatismo; e incluso hemos empezado a mirar carros de paseo dobles, con el subsiguiente asombro por los desorbitados precios. En fin, lo habitual en estos casos.
Hasta el día 5 de noviembre no volveremos a verlos. La espera es larga, sí, pero queremos que sea tranquila. Queremos disfrutar, sí, y queremos sentir su presencia. Eso es, creo, lo que se llama "aceptación".
Sin embargo, Inness ha vuelto al trabajo, y yo ando un poco preocupado. A fin de cuentas, el ginecólogo fue tajante cuando la hablamos del tema: por ahora su embarazo es como cualquier otro, y por ende debe hacer vida normal. Y nos dijo una frase iluminativa: "cuidado con lo que leéis", además de "disfrutad de la barriga". Todo parece indicar que debemos disfrutar, pues, de esta calma que viene antes de la tempestad que, irremediablemente, se desatará en un futuro; pero han sido demasiados sobresaltos como para ahora acostumbrarme, de golpe, a la ausencia de preocupaciones. Hago, esfuerzos, de hecho, no plenamente satisfactorios (sin ir más lejos, los fantasmas de las dudas y temores me hicieron revolverme en la cama buena parte de la noche siempre difícil del domingo al lunes).
Lo cierto es que la vida, con sus visitas médicas y vacunas varias, ha vuelto a una relativa normalidad en todos los sentidos (sí, en todos los sentidos, incluso los sentidos más placenteros), y no está nada mal que sea así. Quizá sí es cierto que hemos aceptado nuestra situación, y ya decimos sin rubor que "estamos embarazados", con todo lo que eso conlleva (y conlleva, a menudo, situaciones bastante surrealistas). Incluso ya vemos con otros ojos las tiendas que muestran ropas y enseres para niños, donde pasamos un buen rato mirando los artículos con una mezcla de ternura y pragmatismo; e incluso hemos empezado a mirar carros de paseo dobles, con el subsiguiente asombro por los desorbitados precios. En fin, lo habitual en estos casos.
Hasta el día 5 de noviembre no volveremos a verlos. La espera es larga, sí, pero queremos que sea tranquila. Queremos disfrutar, sí, y queremos sentir su presencia. Eso es, creo, lo que se llama "aceptación".
jueves, 14 de octubre de 2010
EMPIEZAN A TOMARNOS EN SERIO
Cuando ya llevamos más de catorce semanas de embarazo, el ginécologo, en la visita del lunes 11, mientras me levantaba de la camilla (después de haber estado apenas diez segundos en ella) , me preguntó si me habían explicado algo sobre los embarazos gemelares.
Yo, mientras pensaba "Ah, así que hay que explicar algo, ya decía yo...", dije "Pues no, nada".
O sea, sabemos desde el día 18 de julio que crecen dentro de mí dos embriones, pero hasta casi tres meses después no se disponen a aceptarme en el equipo, a decirme "vale, ya te vamos a contar las reglas de juego, venga, puedes jugar, eres de los nuestros". Es así, te sientes así, como si hasta ese momento la cosa no fuera en serio, o como si sólo estuvieras jugando a estar embarazada y no que estuvieras embarazada de verdad. La verdad es que no tomas consciencia de hasta qué punto existe riesgo de aborto hasta que llegas al segundo trimestre. Y lo entiendes, pero a pesar de entender el porqué no comparto el cómo. Pero bueno, es uno de los muchos "cómo" que no comparto de la sanidad pública, o de la sanidad en general (porque mis incursiones en la privada -salvo excepciones- han acabado con asco directamente). Lo verdaderamente importante es, sin duda, otra meta que juntos, Polidori y yo y los Pequeñitos, hemos alcanzado.
La cita del otro día fue satisfactoria; yo por fin me sentí atendida desde que salimos de la Unidad de Reproducción asistida, porque el médico (otro distinto de la otra vez, como siempre) nos explicó cosas y nos dejó preguntar todo lo que quisimos, hizo incluso bromas, y comprobar que tenía sentido del humor (y por lo tanto inteligencia) y tiempo para aplicarlo fue muy gratificante. Lo único que nos dejó insatisfechos y un poco tristes es que me hizo una eco de poquísimos segundos, sólo para comprobar el latido. Qué pena no tener un ecógrafo en casa para verlos cada día; estaríamos horas observándolos, porque es algo maravilloso y extraño. Si fuese (o fuera) rica y excéntrica, ésa sería una de mis excentricidades, sin duda.
Hoy he ido a hacerme la curva corta del azúcar (test O´Sullivan). ¡No es para tanto! Como siempre, las historias de los demás para lo único que sirven en torno a ciertas experiencias es para distorsionar la realidad, no para mostrarla. Es una prueba que me hice de niña, pero ni me acordaba. Lo único que recuerdo vagamente es que al acabar la prueba y salir del hospital mi madre me compró un muñequito de goma muy simpático, un juguete, como solía hacer cuando pasaba un mal trago en los médicos. Debido al embarazo gemelar y a que mi hermano es diabético, me han mandado la prueba mucho antes de lo que es habitual. A las ocho y media de la mañana me han hecho el primer análisis. La enfermera me ha dicho que no podía ir al baño a hacer pis, yo he bromeado con que entonces me entrarían ganas, pero ella no me ha entendido y no ha cambiado el gesto, me ha dado el jarabe de glucosa y a las ocho y cuarenta ya me lo había bebido. He esperado una hora sentadita y sin moverme leyendo El camino de Delibes. A ratos paraba y observaba a la gente. Para no estar con el resto de embarazadas que tenían que hacer la prueba me he ido más lejos y he estado en neumología y enfermedades respiratorias. Los pacientes eran o muy mayores o muy obesos. Un panorama que no suelo ver últimamente en las consultas médicas y me he entretenido bastante. He echado de menos a Polidori. A las nueve y cuarenta me han hecho el segundo análisis y luego para casa en metro.
El metro. Ese sitio en el que se supone que los asientos están reservados también para embarazadas. Pues bien, será porque todo el mundo está ciego o es que hemos llegado ya a la más absoluta indiferencia, pero la barriga ya se me nota claramente y ahí nadie se levanta. Ya veremos más adelante, pero vamos, digo yo que la misma necesidad tengo yo de sentarme ahora que cuando esté de siete meses. Porque es una auténtica barbaridad lo que me cansa cualquier actividad física.
Tengo hora con la matrona (por fin) mañana por la mañana. Mi médico de cabecera puso en el volante que el embarazo había sido por FIV.
¿Todavía importa? Me pregunté yo.
Sí, va a importar toda la vida. Me respondí.
Yo, mientras pensaba "Ah, así que hay que explicar algo, ya decía yo...", dije "Pues no, nada".
O sea, sabemos desde el día 18 de julio que crecen dentro de mí dos embriones, pero hasta casi tres meses después no se disponen a aceptarme en el equipo, a decirme "vale, ya te vamos a contar las reglas de juego, venga, puedes jugar, eres de los nuestros". Es así, te sientes así, como si hasta ese momento la cosa no fuera en serio, o como si sólo estuvieras jugando a estar embarazada y no que estuvieras embarazada de verdad. La verdad es que no tomas consciencia de hasta qué punto existe riesgo de aborto hasta que llegas al segundo trimestre. Y lo entiendes, pero a pesar de entender el porqué no comparto el cómo. Pero bueno, es uno de los muchos "cómo" que no comparto de la sanidad pública, o de la sanidad en general (porque mis incursiones en la privada -salvo excepciones- han acabado con asco directamente). Lo verdaderamente importante es, sin duda, otra meta que juntos, Polidori y yo y los Pequeñitos, hemos alcanzado.
La cita del otro día fue satisfactoria; yo por fin me sentí atendida desde que salimos de la Unidad de Reproducción asistida, porque el médico (otro distinto de la otra vez, como siempre) nos explicó cosas y nos dejó preguntar todo lo que quisimos, hizo incluso bromas, y comprobar que tenía sentido del humor (y por lo tanto inteligencia) y tiempo para aplicarlo fue muy gratificante. Lo único que nos dejó insatisfechos y un poco tristes es que me hizo una eco de poquísimos segundos, sólo para comprobar el latido. Qué pena no tener un ecógrafo en casa para verlos cada día; estaríamos horas observándolos, porque es algo maravilloso y extraño. Si fuese (o fuera) rica y excéntrica, ésa sería una de mis excentricidades, sin duda.
Hoy he ido a hacerme la curva corta del azúcar (test O´Sullivan). ¡No es para tanto! Como siempre, las historias de los demás para lo único que sirven en torno a ciertas experiencias es para distorsionar la realidad, no para mostrarla. Es una prueba que me hice de niña, pero ni me acordaba. Lo único que recuerdo vagamente es que al acabar la prueba y salir del hospital mi madre me compró un muñequito de goma muy simpático, un juguete, como solía hacer cuando pasaba un mal trago en los médicos. Debido al embarazo gemelar y a que mi hermano es diabético, me han mandado la prueba mucho antes de lo que es habitual. A las ocho y media de la mañana me han hecho el primer análisis. La enfermera me ha dicho que no podía ir al baño a hacer pis, yo he bromeado con que entonces me entrarían ganas, pero ella no me ha entendido y no ha cambiado el gesto, me ha dado el jarabe de glucosa y a las ocho y cuarenta ya me lo había bebido. He esperado una hora sentadita y sin moverme leyendo El camino de Delibes. A ratos paraba y observaba a la gente. Para no estar con el resto de embarazadas que tenían que hacer la prueba me he ido más lejos y he estado en neumología y enfermedades respiratorias. Los pacientes eran o muy mayores o muy obesos. Un panorama que no suelo ver últimamente en las consultas médicas y me he entretenido bastante. He echado de menos a Polidori. A las nueve y cuarenta me han hecho el segundo análisis y luego para casa en metro.
El metro. Ese sitio en el que se supone que los asientos están reservados también para embarazadas. Pues bien, será porque todo el mundo está ciego o es que hemos llegado ya a la más absoluta indiferencia, pero la barriga ya se me nota claramente y ahí nadie se levanta. Ya veremos más adelante, pero vamos, digo yo que la misma necesidad tengo yo de sentarme ahora que cuando esté de siete meses. Porque es una auténtica barbaridad lo que me cansa cualquier actividad física.
Tengo hora con la matrona (por fin) mañana por la mañana. Mi médico de cabecera puso en el volante que el embarazo había sido por FIV.
¿Todavía importa? Me pregunté yo.
Sí, va a importar toda la vida. Me respondí.
martes, 5 de octubre de 2010
Robert Edwards, el "papá" de la FIV, Premio Nobel
Estos dos señores con aspecto serio, pero satisfecho, son Patrick Steptoe y Robert G. Edwards, de la Universidad de Cambridge, quienes consiguieron, en 1976, sacar adelante la que se conoce (aunque no fue la única, pues otro bebé permaneció en el anonimato) como "primera niña probeta", Louise Brown, una pizpireta y rolliza joven que hace poco ha tenido una niña de forma natural. El segundo de ellos acaba de ser galardonado con el Premio Nobel de medicina, por sus investigaciones en la Fecundación in Vitro y por su perseverancia, gracias a la cual, y a dos décadas de intensos trabajos apoyados en las técnicas laparoscópicas de Steptoe para llegar al ovario, consiguió sacar adelante la fecundación de óvulos fuera del cuerpo de la madre, un milagro que ha permitido que cerca ya de cuatro millones de "niños probeta" estén en el mundo, vivos y sanos, sin secuelas ni problemas. Edwards, que cuenta ahora con ochenta y cinco años, está demasiado débil para dar entrevistas, pero su familia ha mostrado su enorme satisfacción por el galardón, que le llega treinta y dos años después de su gran éxito.Como futuro padre de dos niños fruto de la fecundación in vitro, estoy encantado con esta noticia. Nuestros pequeñitos están creciendo en la barriga de su madre gracias a la perseverancia de estos dos doctores ingleses, y por supuesto a la labor de los médicos que hoy día continúan su estela. Siendo así, ¡cómo no me va a parecer una gran noticia!
Pero, como siempre ocurre cuando salen a la luz este tipo de noticias, surgen voces contrarias que, desde posturas apocalípticas y maniqueas, quieren ver en este milagro de la ciencia un ataque a la moral, la ética y los designios divinos. La Iglesia católica española acaba de calificar la concesión de este premio a Edwards como "completamente fuera de lugar". Bien, como beneficiado de este "ataque a la moral" puedo decir que la ciencia y la investigación sacan siempre varios cuerpos de ventaja a la Iglesia en la carrera de la medicina y la salud. Una mujer con problemas en su aparato reproductor o un hombre con dificultades en su aparato genital pueden conseguir lo que tanto ansían: forjar una nueva vida. Y es esto un fruto del amor tan hermoso como el conseguido sin ayuda de la ciencia.
Esa misma ciencia que consigue que un niño crezca sano y salvo (y, por ejemplo, hablaremos sólo de vacunas o de técnicas pediátricas elementales) es la que obra el milagro de brindar a las parejas más o menos estériles una oportunidad de que sus deseos se hagan realidad. Y, para ello, claro, es necesario manipular embriones. Bien, ¿es eso tan terrible?, ¿acaso no es igual de terrible cualquier apoyo médico que haga que la vida de las personas sea más fructífera y sana? Para mí la FIV es igual de importante que el milagro que hizo que mi padre tuviera quince años más de vida gracias a un trasplante de corazón. Para mí es VIDA, con mayúscula, cuando para otros es muerte, porque ven sólo muerte y ataques a la moral en todo lo que supone un beneficio para la existencia humana fruto de la investigación.
La ciencia choca a menudo con la pared de la creencia. La fe mueve montañas, y mi fe en la ciencia mueve montañas igual de grandes. Para mí Edwards es y será un héroe, uno de los benditos culpables de que mis hijos existan, aún antes de pisar este mundo. Para que yo naciera se dieron una serie casi infinita de circunstancias y elecciones caprichosas que hacen de la vida un verdadero milagro. Pues bien, la ciencia ahora puede facilitar ese camino, ¿no es eso maravilloso? Y, además, si toda esta aventura llega a su final feliz, ¿no sería maravilloso que nuestros embriones dieran esperanza a otras parejas en peor situación que nosotros?
Así, pues, es ésta una feliz noticia que pienso contar a mis hijos algún día. Esa es, para mí, la única realidad agradecida.
viernes, 1 de octubre de 2010
El mar de la tranquilidad
Son tantas las sensaciones que me rondan que, de veras, no puedo concretar casi ninguna de ellas en este momento. Me pasa por un lado por mi mente una difícil de explicar, algo así como una autoafirmación como futuro padre que me hace ver la vida de modo distinto. No es sólo saber (qué manido está eso) que será el final de tu vida de "hijo" para pasar a comenzar tu vida como "padre"; es algo quizá más profundo pero más sencillo, una especie de difusa responsabilidad para mí mismo, para Innes y para, por supuesto, "los pequeñitos", ahora que todo está comenzando, que todo empieza a "ser".
Unos buenos amigos nos han regalado sus primeras prendas de ropa. Con ellas en las manos, asidas casi con temor y con incredulidad, parecía que mi mente repetía en un constante balanceo hipnótico "esto ya es de verdad, esto va en serio", balanceo que sólo podía ser traducido en una bobalicona sonrisa de satisfacción. Es algo más que felicidad lo que siento, es una especie de tibia sensación de ingravidez, propia, claro, de ese mar tranquilo que ha llegado después de la tormenta del miedo.
No debemos bajar la guardia. Es muy probable incluso que Innes pueda disfrutar de muchas semanas de baja (su trabajo no es el más indicado para albergar dos criaturas que harán de su barriga una descomunal razón para la vida sosegada), y aunque las pruebas propias de los tres meses han sido más que satisfactorias (un coeficiente de riesgo de bastante más de nueve mil, lo que nos libra de la daga "damocliana" de la amnio), sabemos que tenemos que ser prudentes. Pero yo ahora me quedo con sus nítidas espinas dorsales, sus corazones latientes, su perfil y todo lo que vimos en el monitor mientras se movían como culebrillas en ese peculiar vacío del útero. Fue algo mágico y sorprendente, a pesar de que no era la primera eco que les hacían. Yo me hubiese quedado horas viéndolos, escuchando el intenso latido de ambos, disfrutando como un tonto de sus pequeños cuerpos nadando en ese mar de la tranquilidad que tanto necesitábamos.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)