Son tantas las sensaciones que me rondan que, de veras, no puedo concretar casi ninguna de ellas en este momento. Me pasa por un lado por mi mente una difícil de explicar, algo así como una autoafirmación como futuro padre que me hace ver la vida de modo distinto. No es sólo saber (qué manido está eso) que será el final de tu vida de "hijo" para pasar a comenzar tu vida como "padre"; es algo quizá más profundo pero más sencillo, una especie de difusa responsabilidad para mí mismo, para Innes y para, por supuesto, "los pequeñitos", ahora que todo está comenzando, que todo empieza a "ser".
Unos buenos amigos nos han regalado sus primeras prendas de ropa. Con ellas en las manos, asidas casi con temor y con incredulidad, parecía que mi mente repetía en un constante balanceo hipnótico "esto ya es de verdad, esto va en serio", balanceo que sólo podía ser traducido en una bobalicona sonrisa de satisfacción. Es algo más que felicidad lo que siento, es una especie de tibia sensación de ingravidez, propia, claro, de ese mar tranquilo que ha llegado después de la tormenta del miedo.
No debemos bajar la guardia. Es muy probable incluso que Innes pueda disfrutar de muchas semanas de baja (su trabajo no es el más indicado para albergar dos criaturas que harán de su barriga una descomunal razón para la vida sosegada), y aunque las pruebas propias de los tres meses han sido más que satisfactorias (un coeficiente de riesgo de bastante más de nueve mil, lo que nos libra de la daga "damocliana" de la amnio), sabemos que tenemos que ser prudentes. Pero yo ahora me quedo con sus nítidas espinas dorsales, sus corazones latientes, su perfil y todo lo que vimos en el monitor mientras se movían como culebrillas en ese peculiar vacío del útero. Fue algo mágico y sorprendente, a pesar de que no era la primera eco que les hacían. Yo me hubiese quedado horas viéndolos, escuchando el intenso latido de ambos, disfrutando como un tonto de sus pequeños cuerpos nadando en ese mar de la tranquilidad que tanto necesitábamos.
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