Estos dos señores con aspecto serio, pero satisfecho, son Patrick Steptoe y Robert G. Edwards, de la Universidad de Cambridge, quienes consiguieron, en 1976, sacar adelante la que se conoce (aunque no fue la única, pues otro bebé permaneció en el anonimato) como "primera niña probeta", Louise Brown, una pizpireta y rolliza joven que hace poco ha tenido una niña de forma natural. El segundo de ellos acaba de ser galardonado con el Premio Nobel de medicina, por sus investigaciones en la Fecundación in Vitro y por su perseverancia, gracias a la cual, y a dos décadas de intensos trabajos apoyados en las técnicas laparoscópicas de Steptoe para llegar al ovario, consiguió sacar adelante la fecundación de óvulos fuera del cuerpo de la madre, un milagro que ha permitido que cerca ya de cuatro millones de "niños probeta" estén en el mundo, vivos y sanos, sin secuelas ni problemas. Edwards, que cuenta ahora con ochenta y cinco años, está demasiado débil para dar entrevistas, pero su familia ha mostrado su enorme satisfacción por el galardón, que le llega treinta y dos años después de su gran éxito.Como futuro padre de dos niños fruto de la fecundación in vitro, estoy encantado con esta noticia. Nuestros pequeñitos están creciendo en la barriga de su madre gracias a la perseverancia de estos dos doctores ingleses, y por supuesto a la labor de los médicos que hoy día continúan su estela. Siendo así, ¡cómo no me va a parecer una gran noticia!
Pero, como siempre ocurre cuando salen a la luz este tipo de noticias, surgen voces contrarias que, desde posturas apocalípticas y maniqueas, quieren ver en este milagro de la ciencia un ataque a la moral, la ética y los designios divinos. La Iglesia católica española acaba de calificar la concesión de este premio a Edwards como "completamente fuera de lugar". Bien, como beneficiado de este "ataque a la moral" puedo decir que la ciencia y la investigación sacan siempre varios cuerpos de ventaja a la Iglesia en la carrera de la medicina y la salud. Una mujer con problemas en su aparato reproductor o un hombre con dificultades en su aparato genital pueden conseguir lo que tanto ansían: forjar una nueva vida. Y es esto un fruto del amor tan hermoso como el conseguido sin ayuda de la ciencia.
Esa misma ciencia que consigue que un niño crezca sano y salvo (y, por ejemplo, hablaremos sólo de vacunas o de técnicas pediátricas elementales) es la que obra el milagro de brindar a las parejas más o menos estériles una oportunidad de que sus deseos se hagan realidad. Y, para ello, claro, es necesario manipular embriones. Bien, ¿es eso tan terrible?, ¿acaso no es igual de terrible cualquier apoyo médico que haga que la vida de las personas sea más fructífera y sana? Para mí la FIV es igual de importante que el milagro que hizo que mi padre tuviera quince años más de vida gracias a un trasplante de corazón. Para mí es VIDA, con mayúscula, cuando para otros es muerte, porque ven sólo muerte y ataques a la moral en todo lo que supone un beneficio para la existencia humana fruto de la investigación.
La ciencia choca a menudo con la pared de la creencia. La fe mueve montañas, y mi fe en la ciencia mueve montañas igual de grandes. Para mí Edwards es y será un héroe, uno de los benditos culpables de que mis hijos existan, aún antes de pisar este mundo. Para que yo naciera se dieron una serie casi infinita de circunstancias y elecciones caprichosas que hacen de la vida un verdadero milagro. Pues bien, la ciencia ahora puede facilitar ese camino, ¿no es eso maravilloso? Y, además, si toda esta aventura llega a su final feliz, ¿no sería maravilloso que nuestros embriones dieran esperanza a otras parejas en peor situación que nosotros?
Así, pues, es ésta una feliz noticia que pienso contar a mis hijos algún día. Esa es, para mí, la única realidad agradecida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario