lunes, 26 de julio de 2010

Por el principio

Antes, mucho antes de que esto empezara, la pregunta no era si querías ser padre, sino si realmente podrías estar preparado para ello. Supongo que es la pregunta ancestral que todos los varones de homo sapiens se han hecho desde que el mundo es mundo. Lo cierto es que, ahora que estamos inmersos en todo este largo y proceloso proceso (y perdón por la cacofonía), todo parece tan simple y tan difícil que sabe a examen diario de necesidad e intención de ser padres.

Al fin y al cabo, serlo (ni que decir tiene ser madre) a través de una FIV es atravesar un embarazo que dura muchos más meses que un embarazo normal. Todo es más meditado, más vívido e intenso, y más exigente. Si una pareja se queda embarazada per natura ya está, todo es sencillo o complicado, pero "es". Sin embargo, en una FIV la lucha es por "ser", en concreto por empezar a ser (de una puñetera vez, diría yo), y cada pinchazo, cada intervención médica, cada pastilla, supositorio vaginal o enema tiene un solo objetivo: que un embrión prenda en el útero y dé de sí nada menos que una (o varias) vidas humanas; ahí es nada.

Decidimos dar este paso casi sin querer, cuando recogíamos las pruebas de nuestra capacidad para ser individuos procreadores, y sabíamos que en ninguno de los casos iba a ser fácil; pero claro, nadie nos dijo que pudiera llegar a ser tan difícil. Para Ginnebra lo es por lógicas y aplastantes razones, pero... ¿y para mí?

Desde un principio la sensación de "tara" es demasiado latente como para no tenerla en cuenta, máxime cuando, además, tan sólo se exige de nuestra parte una mínima abstinencia, un poco de cuidarse y una placentera (breve, aseguro) salida de ducha antes de la temida punción. Es algo, creedme, duro de asimilar, que intentas compensar con apoyo, fuerza, cariño y estar, en toda su magnitud, en cada uno de los momentos, intentando que sea el humor, tan necesario, el que nos salve de las situaciones más difíciles.

Esto es el principio, y ya sabemos cuál es la meta. El camino, con sus vueltas y revueltas, sembrado de amor, ternura, esperanza, ansiedad y deseo, es el que caminamos juntos; y eso, a la postre, es lo único que importa.

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