Hoy hace una semana que los embrioncillos están conmigo, con nosotros. Las dudas son muchas, pero prefiero pensar que están ahí porque no tengo motivos para lo contrario.
No son dudas. Es miedo. Es puro miedo de que, otra vez, sea negativo. Pero no lo será. Esta vez no.
Sé que tengo miedo porque en breve podría hacerme un test de embarazo casero y ni se me ocurre. No lo hice la otra vez y sería incapaz de hacerlo ahora. Lo hacen muchas mujeres. Antes de la beta, se hacen el test en casa.
La sola idea de imaginarme esa tira de nuevo, mojada de orina, esperando, mirando, mirándome... me aterra. Aunque me lo pusieran delante, no lo haría. No soy capaz de volver a pasar por esos minutos otra vez en el cuarto de baño, y volver a ver una única rayita rosa: negativo.
Eso sí, cuando por teléfono me digan que es positivo... Lo primero que voy a hacer es correr a la farmacia a comprarme un test, o dos, o cinco, y hacerlo. Estoy deseando desquitarme. Estoy deseando decirle a ese cacharrito que SÍ, ja, sí. Bueno, mejor que me lo diga él a mí. Entonces sí que tendrá que decírmelo, entonces sí tendrá que salir la segunda raya. La segunda dichosa raya. Me lo dirá todas las veces que yo quiera: me lo debe.
Hoy no he tenido dolor. Sólo alguna molestia difusa, inespecífica en el estómago. Y un pequeño mareo, pero vete tú a saber de qué... ¿el calor, el descanso, el sopor del verano, el sol...?
Estoy contenta, porque esta noche llega Polidori.
No hay comentarios:
Publicar un comentario